Cada vez se habla más a menudo la distinción entre lo religioso y lo espiritual.  Aunque debería tratarse de dos conceptos íntimamente entrelazados, desgraciadamente en demasiadas ocasiones no hay más remedio que presentarlos como antagónicos…  Lo que implica que la religión, también en demasiadas ocasiones, se ha pervertido…  Y no hay nada peor que la perversión de lo mejor.

La religión debería ser un camino culturalmente definido que nos condujera a religarnos con Dios, con el cosmos, con los demás y con nosotros mismos.  Esto es, un camino para alcanzar una experiencia genuínamente espiritual, y no sólo una comunidad de ‘creyentes’.  Cuando esa experiencia pasa a un segundo plano y perdemos el foco, es fácil que la religión -en lugar de descentrarnos de nosotros mismos y abrirnos a la Realidad- se convierta en un instrumento al servicio de nuestro propio egoísmo, de nuestras propias apetencias, de nuestras propias miserias.

Me gusta el lema ignaciano de ‘en todo [y a todos, vale la pena añadir] amar y servir’.  El amor supone una forma (divina) de unidad en la diversidad y el servicio implica un salirse de uno mismo para poner el centro de la propia existencia en la necesidad ajena, tal y como hace la Divinidad al volcarse en la creación.  Tal y como yo lo entiendo, en toda auténtica religión – y en toda persona realmente espiritual- lo religioso constituye un medio que conduce a ese Absoluto que está más allá de uno mismo.

Por ese motivo, me cuesta concebir esas formas de religiosidad que en lugar de tratar de armonizarse con la voluntad divina, intentan forzar a Dios a actuar conforme a sus deseos y apetencias a través de rituales, oraciones y sacrificios.  Dios no puede doblegarse a nuestros deseos porque su sabiduría y amor es infinitamente superior a los nuestros, porque sabe mucho mejor que nosotros mismos lo que nos conviene…  Y porque lo más conveniente para nosotros suele ser pedir menos y atender más, abriéndonos y ofreciéndonos al modo que se refleja en esta bella oración:

Tomad, Señor y recibid
toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento
y toda mi voluntad.

Todo mi haber y mi poseer
vos me lo disteis,
a vos Señor lo torno.
Todo es vuestro
disponed a toda vuestra voluntad.

Dadme vuestro amor y gracia
que ésta me basta.

San Ignacio de Loyola

Un Dios al que exijamos que esté a nuestro servicio no en un Dios, más bien su antagonista, un servidor de nuestro egoísmo.  La experiencia cristiana de Dios como Padre puede justificar que conversemos con Él como lo haríamos con nuestro progenitor o con un amigo poderoso, puede sustentar incluso que le hagamos peticiones a través de la oración de petición, pero terminándola siempre con la misma frase que empleó el propio Jesús en el huerto de los Olivos: ‘pero hágase tu voluntad y no la mía‘.

Nosotros, si queremos crecer humana y espiritualmente deberemos amar y servir…  Pero nunca, jamás, podemos exigir que el resto nos ame y sirva…  Y aun menos se lo podemos exigir a Dios.  ¿No te parece?

Para terminar, te dejo el vídeo de una versión musicalizada de la oración, por Jesuitas Acústico:

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