Una reflexión en torno a la opción preferencial por los pobres

¿Qué es la opción preferencial por los pobres?

La opción preferencial por los pobres es un principio básico de la Teología de la Liberación latinoamericana, que aparece expresamente recogido por primera vez en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizado en Puebla (Documento de Puebla), que fue asumido por la Compañía de Jesús en su Congregación General  XXXIII y que tomó como propio la Iglesia Universal a través del Sínodo Extraordinario de 1985.

¿En qué consiste este principio básico de la Teología de la Liberación?  En vivir la fe centrando la atención -y la actuación- en los más desfavorecidos, en quienes sufren en este mundo las consecuencias de las estructuras de pecado que rigen nuestra sociedad, causando dolor y sufrimiento.

No es casual que Jesús naciera pobre, en un pesebre.  Todo un Dios se encarnó tomando la humanidad propia de aquellos por quienes quería mostrar su preferencia: los pobres.  Así lo expresa el Papa Francisco en el punto 197 de Evangelii Gaudium (documento sobre los que ya tratamos en este blog de forma extensa, posts sobre Evangelii Gaudium):

197 El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo «se hizo pobre» (2Co 8,9). Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres. Esta salvación vino a nosotros a través del «sí» de una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio. El Salvador nació en un pesebre, entre animales, como lo hacían los hijos de los más pobres; fue presentado en el Templo junto con dos pichones, la ofrenda de quienes no podían permitirse pagar un cordero (cf. Lc 2,24Lv 5,7); creció en un hogar de sencillos trabajadores y trabajó con sus manos para ganarse el pan. Cuando comenzó a anunciar el Reino, lo seguían multitudes de desposeídos, y así manifestó lo que Él mismo dijo: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres» (Lc 4,18). A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón: «¡Felices vosotros, los pobres, porque el Reino de Dios os pertenece!» (Lc 6,20); con ellos se identificó: «Tuve hambre y me disteis de comer», y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo (cf. Mt 25,35s).

 

quienes son los pobres

¿Quiénes son los pobres?

Los pobres, como decíamos al comienzo de este post, son mucho más que quienes no tienen dinero.  Pobres son todas las víctimas de un mundo inhumano, quienes no pueden dar por supuesto el mañana, quienes no han llegado a descubrir el tesoro que ocultan en su interior.  Como dice Gustavo Gutiérrez, pobres son quienes mueren antes de tiempo.  Esto es, quienes carecen de una vida que merezca ser vivida, quienes no sólo no disponen de bienes materiales sino que han sido privados hasta de la dignidad que les corresponde como seres humanos.

El Documento de Puebla es muy concreto describiendo situaciones de pobreza y sufrimiento que constituyen el día a día de los pastores de aquellas tierras que, por eso mismo, se sienten especialmente llamados a la acción profética:

Hemos intentado ser voz de los que no tienen voz y testimoniar la misma predilección del Señor por los pobres y los que sufren.

Pero no debemos caer en la tentación de reducir la pobreza, insisto, a la carencia de bienes materiales y a las consecuencias que de ellas se derivan.  Pobres son todas las víctimas de un mundo constituido alrededor del egoísmo, tejiendo una red de relaciones inhumanas que causas sufrimiento por el empobrecimiento material y espiritual que causa a grandes capas de la población (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2444)

Así que, aunque no sea habitual encontrarlo mencionado en los textos de la Teología de la Liberación, también podemos considerar pobres y necesitados a todos aquellos que -sin carecer de su sustento material- se encuentran en la cuneta de la vida por carecer de afectos, de proyectos, de esperanza o de trascendencia…  También ellos son ovejas perdidas que merecen ser buscadas y salvadas, también esas personas necesitan de un buen samaritano que cure de sus heridas y las ayude a recuperarse.

De ahí la fijación del Papa Francisco por atender a los alejados, por ir a las fronteras, por hacer de la Iglesia un hospital de campaña que atienda a los que sufren:

«Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental». (Entrevista de Antonio Spandaro S.J al Papa Francisco, septiembre 2013)

 

 

La necesidad de curar las heridas del pobre que sufre

 

Carecer de felicidad es una forma de pobreza, una forma de sufrimiento que también requiere de sanación.  Y esa sanación supone distintos cuidados de todo tipo: atender a las necesidades materiales, a las físicas, a las psíquicas, a las emocionales, a las espirituales… 

200. Puesto que esta Exhortación se dirige a los miembros de la Iglesia católica quiero expresar con dolor que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe. La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria. (Evangelii Gaudium)

Pero el punto de partida siempre es una conversión del corazón y de la mirada que nos permite descubrir y conmovernos ante la necesidad de nuestro prójimo, sea del tipo que sea.  Esta conversión interior, esta virtud, constituye uno de los mantras del pontificado del Papa Francisco: la misericordia, el poner el corazón en la miseria ajena, en su sufrimiento, en su necesidad, en su pobreza:

24 La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. «Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear! Como consecuencia, la Iglesia sabe «involucrarse». Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. (Evangelii Gaudium)

La opción preferencial por los pobres del cristianismo es una llamada a no pasar de largo, a amar más a quien más lo necesita, a no inmunizarnos ante el dolor o la necesidad ajena…  Y menos aun escudándonos en la necesidad de acudir al templo, como el sacerdote que aparece en la narración evangélica del buen samaritano (Lc. 10, 30-37):

Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. 31 Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. 32 Así también llegó a aquel lugar un levita y, al verlo, se desvió y siguió de largo. 33 Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. 34 Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. 35 Al día siguiente, sacó dos monedas de plata[c] y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva”. 36 ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

En demasiadas ocasiones cada uno de nosotros somos como ese sacerdote, o como el levita, dejando en la cuneta de la vida a los heridos porque tenemos cosas más importantes que hacer…  ¡Incluso cosas más sagradas que hacer!  ¡Pero si no hay nada más sagrado que curar las heridas del Cristo crucificado que se manifiesta en todas las víctimas de la historia y del pecado!  ¿Te suena -y resuena- esa frase evangélica de ‘aquello que hicistéis a uno de estos hermanos pequeños a mí me lo hicisteis’?

Ojalá seamos capaces de actuar, cada vez más, como el buen samaritano.  Eso es ser cristiano…  Y humano.

 

 

pasión de dios por los que sufren

 

La pasión de Dios por los pobres

 

 

Podemos hablar de la pasión de Dios por los pobres en dos sentidos distintos y complementarios:

  1. Los pobres son la pasión de Dios en cuanto Dios sufre al ver el dolor de sus hijos más necesitados, como sufriríamos cada uno de nosotros al percibir el dolor y lágrimas de cualquiera de nuestros hijos.
  2. Los pobres también son la pasión de Dios en cuanto Éste se desvive de amor por ellos, y nos pide que nosotros hagamos lo mismo, que prestemos más atención a quien más la necesita.

Esa doble pasión de Dios por los pobres es el fundamento de la opción preferencial por los pobres propia de la Teología de la Liberación y constituye, al mismo tiempo, un elemento básico de la experiencia del encuentro con Dios, que tan bien expresa esta bella canción de Hakuna:

 

 

¿Por qué tengo miedo de mí mismo?
¿Por qué no disfruto hoy de cada minuto?
¿Por qué querría ser de un modo distinto?
¿Por qué vivo siempre en lo que haré?
Tanta cosa para motivarme, basta ya de maltratarme.
¿Dime, Padre, por qué no me quiero?
Solo tu aprecio mata mi desprecio.
Hazme oír lo que te gusto, que vea que mi miras con pasión.
Que a nadie quieres tanto como a mi, soy pasión de Dios.
Me dicen que huya de mi debilidad,
tú me dices que permanezca en ella.
Me valoran por éxitos y perfección,
tú disfrutas conmigo tal y como soy:
débil, enfermo y en pecado,
impuro, impotente y quebradizo.
Solo así descubro como me amas,
solo así descubro como me quieres.
Hazme oír lo que te gusto, que vea que me miras con pasión,
que te recreas en mi belleza, que soy la niña de tus ojos,
que a nadie quieres tanto como a mi. Eres mi padre y enloqueces.
Que a nadie quieres tanto como a mi:
¡soy pasión de Dios!
Con la furia del mar
y la solidez de la roca,
con el ímpetu de la tormenta,
la fuerza del vendaval.
Con esa misma contundencia tú me dices:
TÚ ERES MÍO, TÚ ERES MÍO.
Hazme oír lo que te gusto, que vea que me miras con pasión,
que te recreas en mi belleza, que soy la niña de tus ojos,
que a nadie quieres tanto como a mi. Eres mi padre y enloqueces.
Que a nadie quieres tanto como a mi:
¡Soy pasión de Dios!
opción dios o dinero

 

¿Por qué hablamos de ‘opción’?

 

Hablamos de ‘opción’ preferencial por los pobres porque se nos pide una toma de posición, como en la meditación de las dos banderas propia de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio.  El evangelio es claro al respecto: no se puede servir a dos amos, a Dios y al dinero (Lc. 16, 13), al que sufre y al que causa el sufrimiento.  En el documento de Puebla leemos:

493. Los bienes de la tierra se convierten en ídolo y en serio obstáculo para el Reino de Dios  cuando el hombre concentra toda su atención en tenerlos o aun en codiciarlos. Se vuelven entonces absolutos. (…)

La opción preferencial por los pobres supone encarnar la fe en la historia, implicándonos en la transformación de la sociedad, en la venida del Reino de Dios, viviendo al modo de Cristo, amando y sirviendo a todos, pero muy especialmente a quienes más lo necesitan…  Aunque eso resulte incómodo y conlleve consecuencias, que las conllevará…  Como las conllevó para el propio Jesús, que terminó clavado en una cruz.

Y hablo de incomodidad porque vivir al modo de Jesús supone vivir con sobriedad o con heroica pobreza, meramente con lo necesario…  Para que otros -que hoy carecen de ello- puedan disponer de lo imprescindible.  No es sólo cuestión de caridad, es también cuestión de justicia.  Y esto no es Teología de la Liberación, esto es cristianismo perfectamente ortodoxo del de toda la vida, como acredita esta contundente afirmación de San Gregorio Magno:

Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia (Regula pastoralis, 3,21)

Vivir al modo de Jesús, amando y sirviendo, promoviendo la justicia y el amor que va más allá de ella supone optar por el ser antes que por el tener, por las personas antes que las cosas, por la bondad antes que por el egoísmo, por Dios antes que por la esclavitud que acompaña al pecado.  Ésta es la auténtica liberación que debe acompañar a toda teología que se precie de serlo:

497. El nuevo humanismo proclamado por la Iglesia que rechaza toda idolatría, permitirá «al hombre moderno hallarse a sí mismo, asumiendo los valores del amor, de la amistad, de la oración y de la contemplación. Así podrá realizar en toda su plenitud el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas» (PP 20). De este modo se planificará la economía al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía, como sucede en las dos formas de idolatría, la capitalista y la colectivista. Será la única manera de que el «tener» no ahogue al «ser».

De este modo, la opción preferencial por los pobres no sólo vuelve a situar al cristo sufriente en el centro de nuestra vida religiosa sino que, además,  permite que esos nuevos crucificados nos evangelicen a nosotros al permitirnos encontrarnos -cara a cara- con las consecuencias del pecado y con nuestra opción de ser las manos de Dios en este mundo para reparar los destrozos que los propios seres humanos causamos.  Y no sólo eso:

198. Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia»[163]. Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener «los mismos sentimientos de Jesucristo» (Flp 2,5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia»[164]. Esta opción —enseñaba Benedicto XVI— «está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza»[165]. Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos.  (Evangelii Gaudium)

Podemos pasar de largo ante la pobreza y el sufrimiento ajenos o podemos dejarnos conmover, detenernos y -con nuestra actuación llena de la gracia que acompaña a su presencia- ayudar a transformar la pocilga que es la vida de muchos en un hogar en el que encontrar la calidez, la luz, el amor y el apoyo necesarios para construir un mañana más humano, y más santo.  La fe nos pide detenernos como el buen samaritano a curar las heridas de quien ha sido abandonado en el borde del camino e, incluso, que participemos en la resurrección de muchos ‘muertos en vida’ que -gracias al encuentro con nosotros- pueden ser nuevos Lázaros que den testimonio de esa esperanza que la fe anima a no perder jamás.

Ésa es la opción que se nos llama a tomar: vivir la religión centrándonos en nosotros mismos (en nuestras meditaciones, ascética, liturgia… etc.) o vivirla centrado en quien más sufre, sea quien sea…  Dando prioridad siempre al otro respecto al yo, muriendo a uno mismo para dar fruto como expresa el simbolismo del grano de mostaza.

El pobre, cuando es amado, «es estimado como de alto valor»[168], y esto diferencia la auténtica opción por los pobres de cualquier ideología, de cualquier intento de utilizar a los pobres al servicio de intereses personales o políticos. Sólo desde esta cercanía real y cordial podemos acompañarlos adecuadamente en su camino de liberación. Únicamente esto hará posible que «los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como en su casa. ¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la Buena Nueva del Reino?»[169]. Sin la opción preferencial por los más pobres, «el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día»[170].  (Evangelii Gaudium)

Insisto, siempre existirá la tentación de vivir la espiritualidad de un modo egoísta…  Porque, aunque aceptemos que Dios es un tesoro, de nosotros depende buscarlo para compartirlo con quienes más lo necesitan o buscarlo con ánimo de quedárnoslo y disfrutarlo en soledad.

 

 

 

opción preferencial no exclusva

 

 

Pero cuidado: opción ‘preferencial’, no ‘exclusiva’ por los pobres

 

Vamos a tratar en este apartado sobre uno de los peligros que acompaña a la opción preferencial por los pobres.  Si uno tiene un corazón que no se le ha endurecido en demasía, éste se le sale del pecho y se indigna al descubrir y compartir las injusticias, miserias y sufrimientos que acompañan a los desamparados de la historia.

Quienes más tiempo pasan entre los últimos, más sienten crecer en su interior la necesidad del grito profético que nos despierte y nos diga -a la mayoría- que vivimos un cristianismo de feria, que nos decimos seguidores de Jesús pero vivimos como si Dios -o el hermano que sufre- no existiera, que hablamos de pueblos en vías de desarrollo cuando son pueblos a los que estamos crucificando nosotros con nuestras decisiones de compra y consumo, que demasiadas veces no somos testimonio de nuestra fe sino blasfemias con patas que no dejan de usar el nombre de Dios en vano mientras encubren su egoísmo y los mil ídolos que nos esclavizan.

El contacto con el infierno que es la vida de muchos, lleva a algunos de quienes han hecho de la opción preferencial por los pobres el centro de su existencia, a empezar a vernos a todos aquellos que consciente o inconscientemente somos parte del problema como auténticos demonios hacia los que no puede sentirse más que repulsa, cuando no odio, por todo el dolor que causan.  Y ahí, en algunas ocasiones, se ha cruzado la linea que nunca debería haberse cruzado: asumir como propia la lucha de clases, el enfrentamiento entre los pobres y los ricos, la violencia estructural…  Y creer que Dios sólo es de los pobres y de los que sufren.

Sin duda, los crucificados son quienes más cerca tienen a Dios, porque Él se acerca más a quien más le necesita…  Pero no caigamos en una nueva apropiación de Dios.  Ni Dios es sólo de los judíos, ni Dios es sólo de los pobres.  Dios es el Dios de todos, y como padre de todos nos vuelve a todos hermanos, aunque no seamos capaces de vivir como tales.  Dios nos ama a todos, nos portemos mejor o peor.  Nos conoce y ama pese a todos nuestros defectos y miserias, también pese a nuestro egoísmo que hace sufrir a los demás…  Y por eso mismo un cristiano nunca podrá asumir como tal una lucha de clases que olvida que el amor va más allá de la justicia.

Una Teología de la Liberación auténticamente cristiana no puede quedarse atrapada en las limitaciones propias del marxismo porque tiene una variable que a éste escapa: el amor incondicional, también por el agresor.  No se trata sólo de liberar al explotado de su explotador.  No, la espiritualidad cristiana encarnada en la historia debe procurar -al modo de Cristo- liberar al oprimido de su opresor, y al opresor de aquello que le lleva a oprimir al oprimido.

Ésta es la Teología de la Liberación tal y como yo la entiendo y defiendo.  Una teología que persigue la liberación de todos los que sufren, sin olvidar que los opresores lo son porque tampoco tienen paz en su interior…  Y que Dios es de todos y se dirige a todos, aunque de distinta manera…  A cada uno como más le conviene.  Eso sí, la opción es preferencial por los pobres.  Es decir, éstos -los que más sufren- deben ser los primeros en recibir el alivio por parte de quienes nos llamamos cristianos…  Pero no los únicos, y nunca contra nadie.

 

 

limosna en libertad

Opción preferencial, no imposición

 

Otro riesgo que acompaña a la opción preferencial por los pobres es que nuestras buenas intenciones -o nuestra rabia contenida- nos lleven a olvidar que la encarnación en la historia de nuestra espiritualidad supone transformar el mundo a su modo, y no mundanizar la espiritualidad convirtiéndola en mera ideología u opción política.

Me explico: el cristianismo, tal y como lo entiendo, exige una opción preferencial por los pobres.  Pero, como apunto en el título de este epígrafe, se trata de una opción, no de una imposición.  Porque si algo fundamenta cualquier forma de espiritualidad o religión es la libertad.  Si Dios no nos impone el bien, ¿cómo nos atrevemos a imponerlo nosotros?

Es fácil que el ver y tocar de cerca el sufrimiento de los crucificados de nuestra sociedad nos anime a promover la ‘imposición’ de la justicia por medios legales, políticos, cuando no violentos.  Son parches que nunca conllevan una auténtica solución: porque el cristianismo está llamado a transformar la sociedad mediante la transformación de los corazones, y no al revés.  El bien no se impone, toda norma y estructura puede ser ‘hackeada’ cuando no se practica por convencimiento personal sino por imposición.  Lo hemos visto mil veces.

No, el Cristo que nos da nombre no lanzó un grito de guerra sino una propuesta de amor.  Y ése debe ser nuestro camino si queremos que venga su Reino y no el de la Bestia.

 

 

Conclusión

No voy a negar que mi visión de la Teología de la Liberación difiere en algunos aspectos de la expresión de la misma que hacen algunos de sus principales teólogos.  Pero considero que me mantengo en la línea de un cristianismo ortodoxo y profundamente humano.

Detecto en el Papa Francisco esa misma preocupación que latía en el corazón del Padre Arrupe, jesuita como él: volver a Cristo para recuperar la pureza del cristianismo, sanando y liberando a quienes más lo necesitan…  Amando y sirviendo incondicionalmente…  Aunque eso pueda generar incomprensiones y conflictos…  También con los teólogos de la liberación  😉

 

 

Share This