Quienes tenemos hijos hemos sido advertidos, por los más veteranos, de las penurias que nos esperan durante la adolescencia de nuestras criaturas.  Tanto es así que -en ocasiones- te descubres mirándotelos como si de bombas de relojería camufladas se tratara.

Gracias a Dios, también te encuentras con padres que te dicen que ellos no han tenido especiales problemas con sus hijos, que éstos han vivido una sana adolescencia en la que se han encontrado a sí mismos y se han fortalecido sin haber hecho añicos la convivencia familiar.

Sea como fuere, lo que nadie niega -y el que tenga memoria no debe olvidar- es que la adolescencia es un tiempo de cambio y que, como tal, es una época de reajustes y adaptación.

Hoy he leído un texto de Fernando Vidal en su imprescindible libro El reloj de la familia que me ha parecido delicioso, una clara imagen que me ha ayudado a comprender y anticipar lo que está por venir con una disposición de ánimo llena de comprensión, paciencia y amor.  Dice así:

Cuando son jóvenes, su preocupación por volar hace que tengan muchas veces la mirada más en el horizonte que en el nido. (…)  No tenemos más que darnos cuenta de cómo sufren algunos padres en la adolescencia de sus hijos, cuando estos afirman y ensayan con torpeza su autonomía, sus diferencias y su propia identidad.  Como un pájaro que todavía no sabe volar bien por sí solo, choca a un lado y a otro de la casa, dándose golpes contra sus propios padres y hermanos.

¿Nunca se les ha colado un pajarito en su casa?  Una vez estaba charlando tranquilamente con uno de mis mejores amigos en el salón de mi casa y escuchamos que detrás de la televisión, entre unos libros, había un ruido extraño.  Nos acercamos y un gorrioncito levantó el vuelo por el salón.  Va de un lado a otro tratando de encontrar el exterior, choca de pared en pared y hasta puede hacerte una herida.  No porque te ataque, sino porque simplemente no sabe volar bien, necesita espacios más grandes.  No es un ave rapaz pero sus golpes duelen.  Finalmente mi amigo, que es muy hábil, logró tomarlo con cariño, yo abrí la ventana y le ofrecimos todo el mundo para volar con toda su libertad: y lo tomó.

¡Qué preciosidad de imagen!  ¡Qué recordatorio de qué supone, realmente, la adolescencia para los hijos y para los padres!  Ambos deberíamos leerlo y recuperarlo cada vez que surjan los roces e incompensiones que, seguro, algún día llegarán.

Y no olvidemos -jamás- que la adolescencia es una enfermedad que se cura con el tiempo…  Y con amor, con mucho amor.

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