Las vacaciones nos llaman, como los cantos de sirena…  Y, como ellos, son capaces de hacer que nuestro barco se estampe contra las rocas.  Porque existe la tendencia a pensar que las vacaciones son un tiempo ‘de no hacer nada’ y, al menos en mi opinión, el ser humano no tiene inscrito en su naturaleza el no hacer nada.  No hacer nada nos consume, nos apaga, nos deteriora…

De niño me enseñaron en el colegio que lo propio de las vacaciones es el cambio de ocupación.  Me gusta reformularlo para considerar el periodo vacacional como la ocasión ideal para pasar del negocio al ocio, de la actividad que se realiza ‘para ganarse la vida’ a la actividad ‘que tiene valor en sí misma’.  Las vacaciones son tiempo ‘libre’, tiempo -no sólo para descansar, que también- sino para ‘ser’ haciendo aquellas cosas que nos hacen más nosotros mismos y para las que, en nuestro día a día, tenemos un tiempo más que limitado: vernos con amigos, pasar tiempo con la familia, conversar tranquilamente con los nuestros, pensar sobre nuestro futuro, hacer planes, analizar y valorar nuestra existencia, escribir, pintar, pasear contemplando el paisaje, hacer ejercicio, coser, jugar…

Liberados de nuestras obligaciones cotidianas, nuestro ritmo puede variar porque disponemos de uno de esos tesoros cuyo valor no siempre tomamos en consideración: el tiempo.  Un tiempo que tampoco en vacaciones podemos permitirnos perder…  Mejor lo dedicamos a lo realmente importante, a ser más humanos, al desarrollo de nuestro ser, al crecimiento personal de quienes nos rodean y al cultivo de profundas relaciones y amistades…  Otro tesoro tan valioso y escaso como el tiempo de ocio…  Y que no es bueno que se transformen en negocio.

Felices vacaciones, disfruta de tu tiempo de ocio.  Permítete dar fruto.

Un abrazo.

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