Estoy de vacaciones.  Los tiempos cambian, los ritmos y rutinas son otros.

Durante los periodos vacacionales todo varía tanto que resulta difícil mantener la disciplina que nos lleva a meditar, reflexionar o escribir cada día…  De hecho, llevo varios días disfrutando de mis vacaciones en familia y hoy es el primer día que he conseguido madrugar de verdad para disponer del tiempo que necesito para afinarme a mí mismo.  El resto de días me he tenido que contentar con una hora o hora y media para meditar, orar y reflexionar…  Necesito tres…  Y hoy ya no he podido más y me he organizado para despertarme  a las 5.30 h a poner en orden mi casa interior.

Cada uno es como es y tiene sus propias necesidades.  Yo necesito cuidarme por dentro para no desmontarme por fuera…  También en vacaciones.

Como que yo no medito, rezo ni escribo por obligación, no tengo sentimiento de culpa por no hacerlo…  Simplemente, siento que me falta algo, como el que no respira bien y empieza a sentir la necesidad de aire…  Hoy he tomado una buena bocanada y, sólo por eso, ya me siento mucho mejor.

Es curioso cómo, en ocasiones, nos dejamos arrastrar por las actividades -o por el no hacer nada- y nos descuidamos a nosotros mismos en vacaciones.

Tan peligroso es no hacer nada como no parar de hacer cosas.  Agota lo mismo la pasividad total que el tener una lista interminable de planes que cumplir.

Equilibrio, como siempre el equilibrio armónico es una buena solución.  Hacer y descansar, actuar y contemplar, planificar e improvisar.  Sin agobios, con libertad.  Escuchándose a uno mismo, y atendiendo también a las necesidades de quienes nos rodean.

Estos días, en los que tenemos menos obligaciones, pueden ser un buen momento para hacer un balance de nuestra vida.  Ver dónde estamos, hacia dónde nos dirigimos y confirmar que ése es el rumbo que queremos dar a nuestra existencia.

Si vamos bien encaminados, alegrarnos por ello y planificar el trayecto que tenemos por delante.  Si no nos gusta a dónde nos conduce la corriente, podemos aprovechar para explorar nuevos destinos y prepararnos para una nueva travesía por aguas desconocidas…  Y puede que turbulentas.

También es un tiempo ideal para poder hablar largo y tendido -con nuestras parejas e hijos- sobre lo Divino y lo Humano, sin las urgencias que caracterizan nuestro día a día.  Días para hacer familia, para disfrutar de la familia, para dar y recibir.

Y no olvidemos a los amigos…  Días de encuentro y de compartir, aprovechando que nuestras agendas están más disponibles…

¿Estamos nosotros disponibles en vacaciones?  Tal vez ésta sea la gran pregunta…

Estas vacaciones, conscientes y disponibles para la Vida y para todos aquellos seres queridos que ésta ha puesto en nuestro camino.  No hay mejor manera de descansar, descanSER (como dice mi amigo Vicente Merlo), contemplar y recargar pilas para el resto del año.

¡Disfruta de tus vacaciones, que yo también intentaré disfrutar de las mías!

Ya ves, hoy -después de mucho tiempo- las disfruto compartiendo este texto contigo porque -como lector, o lectora- formas parte de mis amigos.

¡Felices vacaciones! ¡Felices encuentros!

¡Ultreia!

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