Vivir sin dañar.  Esta mañana, mientras preparaba mi meditación leyendo a Javier Melloni, he leído esta expresión que me ha removido por dentro.

Vivir sin dañar,…  Sin dañarnos a nosotros mismos, sin dañar a los demás, sin dañar el entorno, sin dañar la sociedad, sin dañar la realidad…  Sin dañar.

Vivir sin dañar, permitiendo y favoreciendo que cada uno pueda ser quien es, quien debe ser.  Sin vulnerar su dignidad, sin ofenderle, animándole a ser mejor sin echarle en cara sus limitaciones…  Vivir sin dañar…  Como nos gustaría vivir a nosotros mismos, sin tener que preocuparnos por hombres (y mujeres) que se han convertido en lobos para el hombre.  Sin dañarnos a nosotros mismos con esos planes irrealizables que sólo sirven para poner una losa sobre nuestros hombros.

No es fácil, porque nuestro egoísmo nos lleva a no preocuparnos por el daño causado si éste nos parece rentable.  Menuda muestra de estupidez, porque ahí se encuentra la semilla de todos nuestros males, en que somos incapaces de vivir sin dañar.

¿Y si hacemos un esfuerzo por dañar un poco menos?  Eso no nos traerá un mundo perfecto, pero sí un mundo un poco mejor.  Puede que con eso, por el momento, nos baste.  Mañana ya lograremos un poco más.

Pero empecemos hoy, aunque sólo sea hoy, a tratar de no dañar a nadie.  ¡Menudo reto!

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