Lo sé, el título del post de hoy tiene un punto sensacionalista…  ¿Qué le vamos a hacer?  Ha salido así.

¿A qué viene esta boutade?  Viene a que esta mañana me he dado cuenta de lo mucho que nos marcan nuestras ideas infantiles de Dios, y de lo mucho que perduran sin que nos las cuestionemos.

Sobre la apariencia física de Cristo no sabemos nada, nada mencionan los evangelios.  No sabemos si era alto o bajo, delgado o gordo, rubio o moreno, barbudo o barbilampiño…  Sólo Marcos, como excepción, nos habla en varias ocasiones de su mirada.

Y, sin embargo, ¿qué imagen te viene a la mente cuando piensas en Jesús?  Probablemente la de un hombretón alto, guapo, atractivo, con melena y una barba cuidada.  Y, si has visto La Pasión de Mel Gibson, con el rostro de Jim Caviezel.  Un pibonazo, vamos.

¿Y eso por qué?  Primero, porque es la imagen que hemos visto representada en infinidad de ocasiones en películas y obras de arte…  Y la hemos hecho nuestra.

Por otro lado, porque muy probablemente de niño escuchaste aquello de que como que Jesús era el hijo de Dios, tenía que ser el hombre más guapo del mundo.  Y, aunque semejante razonamiento -teológicamente- es una barbaridad, nos lo tragamos…  Y hasta ahora.

Porque, aunque no nos demos cuenta, esa forma de pensar es la misma que llevó a algunos judíos de su época a pensar que el Mesías sería el liberador de su pueblo, un gran guerrero y líder político…  Y a no reconocerlo en Jesús porque no cumplía con sus expectativas humanas.

¿Que el Mesías había nacido en Belén, en un pesebre y era el hijo de un simple artesano? ¿Que había sido condenado por blasfemo y había muerto crucificado?  No, eso no podía ser.  Y, sin embargo, los cristianos creemos que sí, que era…  Y hemos encontrado un sentido teológico, no sólo a lo humilde y difícil de sus orígenes, sino al sufrimiento que -como a cualquier otro- le acompañó toda su existencia…  Aunque a él en grado extremo y ejemplarizante.

Jesús vivió y murió como el último entre los últimos.  Fue el hijo de Dios y el hijo del hombre que padeció en propias carnes toda nuestra inhumanidad.  Ahí radica la grandeza de su existencia para creyentes y no creyentes, en la transmutación del pecado en gracia a través del perdón, de la muerte en resurrección. 

De algún modo, cuando las estamos pasando canutas, oímos una voz que nos dice ‘También yo he pasado por ahí, pero esto también pasará y -tras esta pasión- llegará la Pascua’, y puede que eso nos reconforte y dé esperanza.

¿Realmente un cristiano ‘debe’ creer que Jesús sólo podía ser guapo y físicamente impresionante?  Puede que si así fuera, esa imagen le dificultara ser el Cristo de los feos, de los poco favorecidos.  No lo sé, que los evangelios guarden silencio al respecto me lleva a pensar -es una opinión personal y, como tal, más que discutible- que su apariencia no tenía nada de extraordinario más allá de su mirada.  Ni guapo ni feo, ni alto ni bajo…  Eso sí, con una atractiva mirada que reflejaba lo que tenía dentro.

Dicho esto, sé que no voy a cambiar la imagen que de Él tengo en mente.  Pero, al menos, sé que es eso: una imagen.  Y no tiene más importancia que la que tiene, y no tiene más función que la que tiene.

Y termino con una última reflexión que me ha parecido estimulante: ¿y si los evangelios no dicen nada sobre la apariencia física de Jesús para invitarnos a meditar que Cristo puede -y debe- tomar el rostro de cada uno de nosotros?

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