Tienes el deber de hacerte entender
Saber mucho no te exime de hablar claro. Si una idea puede ayudarnos a vivir mejor, también merece el esfuerzo de explicarla para que llegue a quien la necesita.

Estoy cansado de aquellos filósofos y supuestos sabios académicos que parecen hablar para no ser comprendidos. Se atrincheran detrás de términos técnicos, frases interminables y una oratoria tan oscura que uno termina preguntándose si allí hay una idea o solo una cortina de humo.
Hay conocimientos difíciles y palabras especializadas que hacen falta. Un texto dirigido a investigadores puede exigir una formación previa. Pero cuando queremos compartir algo con quien no la tiene, nos corresponde ayudarle a entrar.
El lector puede hacer un esfuerzo. Nosotros también.
La claridad es una responsabilidad
Si entendemos la sabiduría como ese conocimiento que nos ayuda a desarrollarnos como seres humanos y a acercarnos a la Verdad, ¿no tenemos el deber de transmitirla de una manera comprensible?
A mí me parece una responsabilidad moral. Sobre todo cuando aquello que sabemos puede ayudar a alguien a tomar una decisión, comprender lo que le sucede o vivir con más sentido.
Eso exige pensar en la persona a la que nos dirigimos. Qué sabe, qué necesita, qué ejemplos forman parte de su mundo. Una explicación que funciona en un congreso puede resultar inútil en un aula o en una conversación de cafetería.
Y si para abrir una puerta hay que simplificar, simplifiquemos. Con cuidado: conservar lo esencial, explicar los límites y dejar espacio para profundizar. Simplificar bien también requiere saber mucho.
No hace falta contar todo lo que sabemos en la primera conversación. Hace falta que el otro pueda empezar a comprender.
Comprender, digerir, compartir
Antes de explicar hay que estudiar, meditar, contrastar, experimentar. Dar tiempo a las ideas para que dejen de ser frases prestadas y se conviertan en algo que hemos comprendido.
Después viene otro trabajo: aprender a comunicarlas. Elegir una palabra más clara, encontrar un ejemplo, escuchar dónde se ha perdido el otro y volver a intentarlo. A veces, una sonrisa ayuda a que una pregunta salga de su escondite.
Me interesa esa sabiduría que podemos llevar a la vida. La que se nota en lo que hacemos y en cómo tratamos a los demás. Por eso también debemos comunicar con nuestros actos: hablar maravillosamente de la escucha mientras interrumpimos a todo el mundo tiene su punto cómico. Y su punto triste.
Ni siquiera necesitamos agotar un tema para aportar algo valioso. Pensemos en la reflexión medieval sobre Dios. Tomás de Aquino sostenía que ningún entendimiento creado puede comprenderlo plenamente, y eso no le impidió dedicar su obra a tratar de entender y explicar.
Además, defendía el uso de imágenes y comparaciones sensibles para comunicar las verdades espirituales. Reconocer los límites del lenguaje no obliga a callar. Puede enseñarnos a usarlo con más humildad y más cuidado.
Que la sabiduría llegue a alguien
Benditos sean los libros de autoayuda cuando transmiten algo verdadero y valioso. Y malditos los libros de filosofía o religión que utilizan la oscuridad como disfraz de profundidad.
La etiqueta de la portada no garantiza nada. Me importa lo que un libro permite comprender y lo que esa comprensión puede aportar a una vida. También me importa que lo haga con honestidad, sin vender certezas que no tiene.
El lenguaje existe para comunicarnos. Usarlo para mantener a los demás a distancia me parece una forma bastante pobre de administrar lo que sabemos.
Quienes escribimos, enseñamos o damos conferencias deberíamos recordar a menudo para quién lo hacemos. Hay una persona al otro lado. Alguien que puede necesitar precisamente esa idea que nosotros hemos enterrado bajo tres capas de solemnidad.
Si sabes algo que puede ayudarla, estudia cómo compartirlo. Busca las palabras. Pon un ejemplo. Atiende a su respuesta.
¿Sabes algo que ayuda a vivir? Hazte entender. También es tu deber.
