¿Ciencia económica? Espera que me río: las personas antes que los números
Los números ayudan a entender la realidad. El problema empieza cuando se convierten en una excusa para dejar de mirar a las personas. Una crítica al economicismo y a la costumbre de presentar decisiones humanas como leyes inevitables.

Este artículo va a incomodar a algunos. Confío en que también invite a pensar. Con que una sola persona se pregunte si aquello que le presentan como inevitable es, en realidad, una decisión discutible, me doy por satisfecho.
El título es una provocación. Sí, la economía es una ciencia social y puede producir conocimiento riguroso. Mi problema empieza cuando alguien utiliza ese prestigio para vendernos una visión del ser humano como si fuera la única posible. Cuando pasa de explicar cómo funcionan ciertas cosas a dictarnos para qué debemos vivir.
Ahí, lo siento, me entra la risa. O el llanto.
Los números mandan. Pero ¿quién decide qué contar?
No me gustan esos discursos que se refugian en anglicismos, ecuaciones y jerga para hacernos sentir que estamos ante un saber reservado a unos pocos. Los nuevos sacerdotes del Excel. Ellos entienden; nosotros, a obedecer.
Las matemáticas, la estadística y la econometría son herramientas valiosas. Precisamente por eso merecen algo mejor que convertirse en una cortina de humo. Una explicación rigurosa debería ayudarnos a comprender sus supuestos, sus resultados y sus límites.
Si una decisión se defiende únicamente con «lo dicen los números», conviene preguntar qué números, cómo se han obtenido y qué han dejado fuera.
Porque una empresa puede mejorar sus resultados mientras deteriora las condiciones de quienes trabajan en ella. Y una actividad puede ser rentable para quien la desarrolla y trasladar parte de sus costes a otros. La cifra no desaparece; lo que cambia es la pregunta que le hacemos.
¿Rentable para quién? ¿A costa de qué? ¿Durante cuánto tiempo?
Cuando el modelo se cree dueño de la realidad
Para estudiar algo complejo necesitamos simplificar. Un mapa no incluye cada piedra del camino, y menos mal: no habría quien lo desplegara.
El problema empieza cuando olvidamos que estamos mirando un mapa. Cuando los supuestos que permitían trabajar con un modelo se convierten en una descripción completa de la humanidad. Y, un paso después, en una orden sobre cómo debemos comportarnos.
Imaginemos un análisis que, para responder a una pregunta concreta, supone que las personas buscan maximizar su beneficio económico. Puede resultar útil dentro de ciertos límites. Lo que no podemos deducir de ahí es que todo el mundo se mueva siempre por dinero, ni que deba hacerlo.
Explicar una conducta no equivale a justificarla. Describir un incentivo no obliga a convertirlo en el centro de la existencia.
Y si alguien decide ganar menos para cuidar a sus hijos, rechaza un negocio que considera injusto o dedica tiempo a ayudar sin cobrar, no se ha estropeado el ser humano. Quizá se nos ha quedado pequeño el modelo.
Economía no es lo mismo que economicismo
Llamo economicismo a la pretensión de reducir toda la vida a su dimensión económica y de conceder a esa dimensión la última palabra.
No hablo de todos los economistas. Sería bastante absurdo denunciar una simplificación de la humanidad y, a continuación, meter a una profesión entera en el mismo saco.
La propia investigación económica ha cuestionado retratos demasiado estrechos de nuestras decisiones. Daniel Kahneman recibió el premio de Economía de 2002 por integrar aportaciones de la psicología en el estudio del juicio y la decisión bajo incertidumbre. Elinor Ostrom fue reconocida en 2009 por sus trabajos sobre la gobernanza económica, especialmente de los bienes comunes.
Basta con esos ejemplos para recordar que hay preguntas, enfoques y debates dentro de la disciplina. No un único catecismo.
Mi crítica se dirige a quien clausura ese debate. A quien presenta sus preferencias como necesidades técnicas y confunde discrepar de su propuesta con no entender nada.
Y sí, conviene llamar al premio por su nombre
El galardón conocido como Nobel de Economía tiene una historia distinta de los premios establecidos en el testamento de Alfred Nobel. Lo creó el banco central sueco, Sveriges Riksbank, en 1968, en memoria de Nobel, y se concedió por primera vez en 1969.
Precisarlo está bien. Convertir su origen en una prueba automática de que carece de rigor, no.
Las investigaciones se discuten examinando sus argumentos, métodos y resultados. Ni una medalla vuelve incuestionable una idea ni el nombre de una institución basta para refutarla.
Si reclamo pensamiento crítico, tengo que aplicármelo también a mí. Aunque me estropee un chiste.
El dinero es un medio. ¿Para qué?
Necesitamos hablar de productividad, recursos, costes, incentivos y viabilidad. Una economía con corazón no puede funcionar solo con buenas intenciones. Las cuentas importan.
Pero no pueden decidir por sí solas qué merece la pena.
Cuánto estamos dispuestos a sacrificar para producir más, qué desigualdades consideramos aceptables, cómo cuidamos a quienes no pueden competir o qué lugar dejamos al descanso son también preguntas éticas y políticas. Afectan a la clase de sociedad que queremos construir.
No se resuelven haciendo desaparecer a las personas detrás de una media estadística.
Yo no quiero una vida organizada alrededor de la codicia. Ni una empresa que trate a las personas como piezas reemplazables. Ni una sociedad en la que tener más sea la única respuesta a la pregunta de cómo vivir mejor.
Y no creo que querer otra cosa me convierta en un ignorante de las leyes del universo.
Una economía con corazón
La economía debería ayudarnos a sostener una vida digna, a cooperar y a emplear con criterio recursos que no son ilimitados. Necesitamos su conocimiento para hacerlo bien. También necesitamos preguntarnos al servicio de qué lo ponemos.
Porque cuando un modelo deja fuera algo esencial de nuestra humanidad, no tenemos por qué amputarnos para caber en él.
Podemos revisarlo.
Podemos discutir sus supuestos.
Podemos elegir otros fines.
Que los números nos ayuden a pensar. Que no nos sirvan de excusa para dejar de hacerlo.
Bienvenido a esta conversación sobre una economía con corazón. Las personas tienen que volver al centro. Tú también tienes algo que decir.
Fuentes y precisiones
Historia del Premio en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel.
Premios de Economía de 2000 a 2009: Daniel Kahneman y Elinor Ostrom.
Comunicado oficial del premio de 2009 sobre gobernanza económica y bienes comunes.
