La trampa de la meditación para directivos: respirar para aguantar más
Una empresa puede ofrecer meditación para cuidar a las personas o para que soporten mejor lo que debería cambiar. Desde fuera, el curso parece el mismo. La diferencia aparece al volver a la mesa de trabajo.

Me gustan las sutilezas. Esos pequeños detalles que parecen inofensivos y, sin embargo, pueden cambiar por completo el sentido de lo que hacemos.
Una empresa ofrece un curso de meditación a sus directivos y empleados. Magnífico. Ahora viene la pregunta incómoda: ¿para qué?
Para ayudarles a vivir mejor, podríamos pensar. O para que aguanten mejor una forma de trabajar que les está haciendo daño. Sobre el papel, las dos propuestas pueden llevar el mismo nombre. Por dentro, se parecen bastante menos.
Respira hondo. Mañana te pediremos un poco más
No tengo nada contra la meditación en el trabajo. Al contrario. Me preocupa que convirtamos una práctica que puede abrir preguntas sobre nuestra vida en una herramienta para evitar esas mismas preguntas.
El mensaje puede sonar estupendamente: calma, concentración, bienestar, gestión del estrés. ¿Quién va a estar en contra?
Pero imaginemos lo que ocurre después del curso. La carga de trabajo sigue siendo excesiva. Los horarios siguen invadiéndolo todo. El jefe sigue confundiendo liderazgo con mal humor. Eso sí: ahora tienes una técnica para respirar mientras sucede.
Inspira. Espira. Y entrega el informe antes de las ocho.
Si ese es el planteamiento, algo chirría. El problema de la organización acaba convertido en una supuesta incapacidad del trabajador para gestionar sus emociones. Como si la solución a una habitación llena de humo consistiera únicamente en aprender a respirar mejor.
Dos empresas, un mismo curso
Pensemos en dos maneras de ofrecerlo.
La primera organización entiende que las personas tienen valor más allá de lo que producen. Les propone explorar la meditación de forma voluntaria, sin convertir la intimidad en una evaluación de desempeño ni exigirles una determinada visión espiritual.
Y está dispuesta a escuchar lo que aparezca.
Quizá alguien descubra que necesita poner límites. Quizá un directivo advierta que no escucha a su equipo. Quizá una persona se pregunte si quiere seguir dedicándose a lo que hace. No son resultados garantizados, pero una empresa que apuesta por el crecimiento humano debería aceptar que ese crecimiento no siempre coincidirá con sus planes.
La segunda organización solo busca que la maquinaria funcione mejor. Menos quejas, más concentración, más disponibilidad. Si la persona aprende a soportar una carga mayor, se le asigna una carga mayor.
La pausa sirve para volver a apretar.
En ambos casos hay un curso. En ambos puede haber cojines, una sala agradable y un instructor competente. La diferencia está en qué sucede cuando el bienestar de las personas obliga a cambiar algo que resulta cómodo para la empresa.
Ahí se ve dónde está el centro.
Meditar no arregla por sí solo una mala organización
Conviene ser precisos: no podemos prometer que meditar vuelva a todo el mundo más tranquilo, más productivo o menos sensible al estrés. Tampoco que lo transforme inevitablemente en alguien más consciente, generoso o feliz.
Hay prácticas distintas, personas distintas y contextos distintos. Y buscar un momento de calma ya puede ser una finalidad legítima. No hace falta exigir una experiencia mística a quien solo quiere recuperar un poco de espacio interior.
Mi objeción empieza cuando esa ayuda sustituye a la responsabilidad de mejorar las condiciones de trabajo.
La Organización Mundial de la Salud recomienda actuar sobre los riesgos psicosociales mediante intervenciones en la propia organización y las condiciones laborales. Sus orientaciones contemplan también apoyos individuales, entre ellos intervenciones basadas en mindfulness. Son planos que deben acompañarse, no excusas para olvidarse de uno de ellos.
Dicho sin lenguaje de informe: enseñar a gestionar el estrés no te da permiso para seguir fabricándolo.
Una práctica que también pueda incomodar
Para mí, la meditación tiene una dimensión que va más allá de rendir mejor. Es una invitación a prestar atención, a encontrarnos con lo que somos y a revisar cómo vivimos y cómo tratamos a los demás.
Por eso me cuesta aceptar que su único éxito se mida en productividad.
¿Nos ayuda a escuchar? ¿A reconocer cuándo estamos dañando a alguien? ¿A distinguir lo importante de lo urgente? ¿A dejar de identificar nuestro valor con el cargo, el sueldo o la última evaluación?
Y, sobre todo, ¿estamos dispuestos a actuar en consecuencia?
Si un directivo medita cada mañana pero nunca se pregunta qué vida permite llevar a su equipo, quizá haya ganado concentración. Yo le invitaría a seguir mirando.
El silencio también puede servir para escuchar lo que no nos apetece oír.
El bienestar se nota fuera de la sala de meditación
No basta con anunciar que ponemos a las personas en el centro. Hay que mirar las decisiones cotidianas.
Si alguien dice que no llega, ¿se revisa la carga o se le recomienda otra sesión? Si una persona decide no participar, ¿se respeta su elección? Si el curso habla de presencia y cuidado, ¿se permite desconectar al terminar la jornada?
Estas preguntas dicen bastante más que una fotografía de la plantilla con los ojos cerrados.
Una empresa necesita ser viable. Cuidar a las personas y hacer bien el trabajo no son objetivos incompatibles. Pero el cuidado deja de serlo cuando solo interesa mientras aumenta el rendimiento.
Las personas no son baterías que se recargan en silencio para durar unas horas más.
Que la calma nos devuelva la voz
No pierdo la esperanza. Incluso una práctica introducida con una finalidad estrecha puede abrir una pregunta inesperada. No siempre sucederá, pero puede suceder.
Ojalá el silencio nos acerque a ese Centro del que, para mí, nacen una forma más profunda de vivir y una relación más humana con los demás.
Ojalá nos vuelva capaces de trabajar mejor, sí. Y también de reconocer cuándo debemos trabajar de otra manera.
La meditación no debería enseñarnos únicamente a soportar la vida que llevamos. También puede ayudarnos a preguntarnos si es la vida que queremos llevar.
Y a tener el valor de cambiar lo que nos toca.
Om-én.
Para profundizar
OMS: salud mental en el trabajo.
Directrices de la OMS sobre salud mental en el trabajo, 2022.
