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Desarrollo personal

El estrés también puede ayudarte: aprende a afinar la cuerda

Una cuerda floja no suena. Una demasiado tensa se rompe. Con nosotros ocurre algo parecido: hay retos que nos hacen vibrar y exigencias que nos desbordan. Vivir con paz también consiste en aprender a distinguirlos.

Una vela recibe una brisa suave sobre el mar en calma, con su cabo sujeto a la borda de madera. Marca IA en la esquina inferior izquierda.

A quienes leéis habitualmente este blog quizá os haya sorprendido el título. Después de tantas páginas sobre meditación, calma, silencio y paz interior, ¿ahora voy a defender el estrés?

Tranquilos. No me he pasado al bando de quienes presumen de dormir cuatro horas y consideran comer sentado una pérdida de productividad.

Lo que quiero plantear es algo más sencillo: vivir en paz puede ser compatible con afrontar retos que nos pongan en tensión. La cuestión está en reconocer qué nos estimula, qué nos desborda y cuándo necesitamos aflojar.

Una respuesta que tiene su utilidad

El estrés es una respuesta natural ante situaciones que nos exigen o nos preocupan. Puede aparecer frente a un peligro, pero también ante un examen, una entrevista o una responsabilidad nueva. La Organización Mundial de la Salud recuerda que cierta cantidad puede ayudarnos a realizar las actividades cotidianas, mientras que un exceso puede perjudicar nuestra salud física y mental.

Piensa en la atención con la que preparas una clase importante, en los nervios antes de hablar en público o en la concentración que te pide aprender algo difícil. Esa activación puede acompañar experiencias valiosas.

El problema llega cuando la tensión se prolonga y apenas encontramos descanso. El estrés persistente puede afectar al sueño, a la concentración y al bienestar. Y no todos reaccionamos igual ante las mismas circunstancias.

Por eso conviene desconfiar de las recetas que establecen cuánto deberíamos aguantar. La vida no reparte a todos la misma mochila.

Eustrés y distrés: dos maneras de vivir la tensión

Hans Selye, uno de los investigadores que contribuyeron al estudio del estrés, distinguió entre eustrés y distrés. En su artículo «Stress and distress» se refería al primero como una experiencia favorable y al segundo como una perjudicial.

El eustrés nos sirve para nombrar esa tensión que vivimos como un estímulo: algo nos importa, nos moviliza y sentimos que podemos responder. El distrés aparece cuando la experiencia nos resulta dañina o desbordante.

La distinción ayuda a pensar, pero no es una frontera idéntica para todos. Un proyecto puede ilusionarte al principio y acabar sobrepasándote si se multiplican las exigencias, faltan recursos o desaparece el descanso.

Que algo nos entusiasme tampoco lo vuelve inagotable. Podemos amar nuestro trabajo y necesitar cerrar el ordenador. Incluso antes de que el ordenador nos cierre a nosotros.

La paz también tiene movimiento

Aquí está la aparente contradicción que me interesa: una vida serena puede contener esfuerzo, incertidumbre y desafíos.

Aprender, crear, educar, amar o emprender algo valioso nos saca a veces de lo conocido. No todo malestar indica que vayamos por mal camino. Tampoco todo esfuerzo merece mantenerse por el simple hecho de haberlo empezado.

Para mí, la paz interior tiene mucho que ver con cómo participamos en la vida. Con estar presentes en lo que hacemos, aceptar que no controlamos todo y elegir a qué merece la pena dedicar nuestras fuerzas.

La paz de los cementerios tiene sus ventajas organizativas, pero yo prefiero una paz que respire, converse, aprenda y se deje sorprender.

Y hay épocas en las que vivir bien consiste en recuperar fuerzas. Descansar también forma parte de una vida con sentido.

Ajustar el reto a la persona

Antes de proponerte algo, merece la pena preguntarte con qué cuentas: tiempo, conocimientos, salud, energía, ayuda. También qué otras responsabilidades llevas encima.

A veces puedes reducir la exigencia: hacer menos, aplazar una parte, renegociar un plazo o abandonar un compromiso que ya no tiene sentido. Otras puedes prepararte mejor, aprender una habilidad o pedir apoyo.

Hay además situaciones que requieren cambios en el entorno. Una carga de trabajo imposible no se arregla únicamente respirando hondo. La respiración puede acompañarte mientras explicas que ese plazo necesita revisarse.

Conocerse bien incluye reconocer los límites actuales sin convertirlos en una condena. Podemos ampliar algunas capacidades con tiempo y práctica. Pero no necesitamos vivir pegados a nuestro máximo para que la vida merezca la pena.

Una vida intensa también necesita margen.

Dejar espacio para recuperarse

La pregunta útil no es solo «¿puedo hacerlo?». También conviene añadir: «¿Qué me cuesta sostenerlo? ¿Cómo estoy después? ¿Tengo tiempo para recuperarme?».

Observar qué situaciones nos tensan ayuda a entender lo que necesitamos. Dormir suficiente, mantener vínculos, movernos y reservar momentos de calma son formas de cuidarnos. Si el malestar persiste o interfiere en la vida cotidiana, conviene buscar apoyo profesional, como recomienda el Instituto Nacional de la Salud Mental.

No hace falta esperar a romperse para prestar atención a cómo estamos.

Afinar la cuerda

Me gusta pensar en la cuerda de una guitarra. Necesita tensión para sonar, pero apretarla cada vez más no mejora indefinidamente la música. Llega un momento en que la estropea. O la rompe.

Con nuestra vida sucede algo parecido. Hay retos que nos hacen vibrar y cargas que nos dejan sin aire. Aprender a distinguirlos exige atención, sinceridad y la libertad de ajustar lo que hacemos.

Busquemos esa tensión que acompaña a lo que merece la pena. Y conservemos el descanso, las relaciones y la alegría que permiten disfrutar de ello. La persona sigue estando en el centro, también cuando hay objetivos por cumplir.

Gestionemos el estrés —y nuestra vida— con cabeza. Si vivimos como pollos descabezados, corremos el riesgo de acabar fritos en cualquier sartén.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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