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Desarrollo personal

Fracasar no te convierte en un fracasado

Un tropiezo puede doler sin definir quién eres. Aprender del fracaso exige mirar lo ocurrido con honestidad, cambiar lo que haga falta y darse permiso para empezar de nuevo.

Un brote de hojas verdes crece junto a la cicatriz de una rama rota en un árbol del bosque. Marca IA en la esquina inferior izquierda.

Hay una experiencia que no necesita demasiadas explicaciones: poner ilusión en algo y comprobar que no sale como esperabas. Un examen, un proyecto, una relación, una decisión que parecía clarísima… hasta que la realidad presentó sus alegaciones.

Fracasar duele. Nos enfrenta a nuestros límites, a nuestros errores y, a veces, a circunstancias que no habíamos previsto. También puede dejarnos sin palabras cuando alguien pregunta ese inocente «¿qué tal va todo?».

Pero conviene distinguir dos cosas: haber fracasado en algo y ser un fracasado. Lo primero describe un resultado. Lo segundo pretende resumir una vida entera. Y ninguna vida cabe en un mal resultado.

El golpe y lo que hacemos con él

Cada uno se enfrenta a las dificultades desde su manera de ser, su historia y los recursos que tiene. Hay quien reacciona con rabia, quien se encierra y quien intenta bromear para que no se note demasiado el disgusto.

En mi experiencia, el fracaso ha sido a menudo mejor maestro que el éxito. Cuando algo sale bien, es fácil disfrutarlo sin preguntarse demasiado por qué. Cuando sale mal, la pregunta suele venir sola. Y con bastante insistencia.

Eso no significa que el sufrimiento enseñe automáticamente. Podemos salir de una dificultad más lúcidos, pero también agotados o confundidos. Aprender requiere tiempo, cierta calma y, en ocasiones, la ayuda de alguien que nos permita ver lo que todavía no vemos.

La actitud importa. También importan el descanso, los apoyos y las condiciones en las que intentamos volver a empezar.

Mirar el error sin convertirlo en una condena

Hay una diferencia enorme entre decir «esto lo he hecho mal» y decir «no valgo para nada». La primera frase permite investigar. La segunda cierra la conversación a golpes.

Para aprender necesitamos preguntas más precisas. ¿Qué pretendía conseguir? ¿Qué ocurrió realmente? ¿Qué parte dependía de mí? ¿Qué tendría que preparar, aprender o hacer de otra manera?

A veces descubriremos falta de preparación. Otras, una expectativa poco realista, una decisión precipitada o un problema que escapaba a nuestro control. Conviene distinguirlo: asumir nuestra responsabilidad es saludable; adjudicarnos la responsabilidad de todo resulta bastante menos sensato.

Y si hemos hecho daño a alguien, aprender incluye reconocerlo, pedir disculpas y reparar lo que podamos. El crecimiento personal queda un poco cojo cuando solo mejora la opinión que tenemos de nosotros mismos.

Un error puede enseñarte algo sobre lo que haces. No tiene autoridad para dictar todo lo que eres.

El éxito también puede adormecernos

El fracaso tiene una virtud incómoda: puede hacer tambalear nuestra vanidad. Nos recuerda que no lo sabemos todo y que quizá necesitemos escuchar, estudiar o cambiar.

Pero sería estupendo aprender algo de humildad antes de que la vida tenga que explicárnosla a gritos.

¿Te has parado a pensar cuántas veces un éxito nos ha impedido mejorar? Si una fórmula funcionó, podemos aferrarnos a ella incluso cuando las circunstancias ya son otras. Seguimos aplicando la misma receta a un problema distinto y nos sorprende que el resultado sepa raro.

Confiar en lo aprendido es razonable. Revisarlo también. La experiencia resulta más útil cuando conserva la curiosidad.

Lo que de verdad podemos aprender de Edison

Se repite mucho la historia de Edison y sus miles de intentos fallidos para fabricar una bombilla. La realidad, como suele ocurrir, tiene más matices que la frase de una taza.

Los investigadores de los Thomas A. Edison Papers, en la Universidad Rutgers explican que la célebre anécdota sobre miles de resultados que no funcionaban corresponde a sus trabajos con baterías. La recoge su biografía de 1910 a través del testimonio de su colaborador Walter S. Mallory: Edison valoraba aquellos ensayos porque le habían permitido descartar caminos.

Ahí está la enseñanza que merece la pena conservar. Un intento fallido puede aportar información útil para el siguiente, si nos detenemos a entenderlo.

Insistir exige algo más que repetir. Hace falta observar qué falla y modificar el procedimiento. La terquedad también sabe madrugar y echar muchas horas; eso no la convierte en sabiduría.

Volver a empezar puede significar cambiar de rumbo

Después de un tropiezo, quizá tenga sentido intentarlo de nuevo. Mejor preparado, con otro método o acompañado por alguien que sabe más.

Pero también puede ser sensato abandonar ese proyecto, revisar la meta o reconocer que ese camino nos está haciendo daño. Perseverar en una vida con sentido incluye elegir a qué merece la pena dedicar nuestras fuerzas.

Te propongo algo sencillo: escribe qué ha pasado, qué has aprendido y qué harás de manera distinta. Concreta un paso pequeño. Si estás demasiado desbordado para verlo, empieza por descansar y hablar con alguien de confianza.

No hace falta resolver toda tu vida esta tarde. Bastante tienes con esta tarde.

Tu luz no depende de acertar siempre

Me gusta pensar que en cada persona hay una luz que puede ofrecer al mundo: una capacidad, una forma de cuidar, una palabra oportuna. Un fracaso puede hacérnosla perder de vista, pero no borra todo lo que somos ni lo que todavía podemos aportar.

No te pediré que agradezcas cada golpe. Hay cosas que duelen demasiado para recibirlas con una sonrisa, y tampoco hace falta fingirla.

Sí te invito a mirar lo ocurrido cuando puedas, a recoger lo que te enseñe y a seguir dando forma a tu vida. Con humildad, con ayuda si la necesitas y con la esperanza de que todavía quedan cosas por descubrir.

Has tropezado. Puedes darte tiempo para levantarte. Y, cuando vuelvas a caminar, quizá conozcas un poco mejor el terreno… y a quien camina sobre él.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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