La vida es un regalo: no la dejes sin abrir
La vida llegó sin que la pidiéramos y sin que hubiéramos hecho nada para merecerla. A veces la tratamos como un paquete que dejamos sobre la mesa, sin abrir. ¿Y si agradecerla empezara por prestarle atención, disfrutarla y compartirla?

Nuestra vida es un regalo. Algo que hemos recibido sin pedirlo y sin haber hecho nada, absolutamente nada, para merecerlo.
Pocas veces me detengo a pensar en ello. Me resulta fácil dar la existencia por supuesta y pasar directamente a la lista de asuntos pendientes. Como si estar aquí fuera un detalle menor.
Y, sin embargo, antes de todo lo que quiero conseguir, mejorar o resolver, hay algo extraordinario: estoy vivo. Tengo un día entre las manos. ¿Qué estoy haciendo con él?
Un regalo que nadie mira
Imagina que compras a tu pareja una joya que sabes que le encantará. La has elegido con cariño, pensando en ella. Llegas a casa con esa ilusión un poco infantil que acompaña a los regalos hechos de corazón.
Un beso, un «te quiero» y le entregas el paquete.
Lo coge, le echa un vistazo, lo deja sobre la mesa y se marcha sin decir nada. Ni una palabra. Ni una sonrisa. Ni siquiera la curiosidad de abrirlo.
¿Cómo te sentirías?
Y otra pregunta: ¿quién pierde más? Tú te llevas una decepción. Pero tu pareja se queda sin descubrir lo que has puesto en sus manos: la joya y el cariño con el que la has escogido.
A veces pienso que hacemos algo parecido con la vida. La tenemos delante y apenas la miramos. Estamos demasiado ocupados reclamándole lo que falta para advertir algo de lo que ya nos ofrece.
Descubrir lo que hay dentro
Desde mi manera de entender la fe, la existencia es un don de Dios. Y esa idea me invita a preguntarme cómo estoy recibiendo el regalo.
¿Le presto atención? ¿Lo cuido? ¿Encuentro tiempo para disfrutarlo? ¿Dejo que lo bueno que recibo llegue también a los demás?
Hablar de gratitud no borra las dificultades. Hay días duros, pérdidas y situaciones que nadie elegiría. También entonces merecemos cuidado y compañía; no una reprimenda por estar tristes.
Pero, cuando podemos levantar la mirada, quizá descubramos algo que habíamos pasado por alto: una conversación, un afecto, una posibilidad de aprender, alguien a quien acompañar. Cosas que parecen pequeñas hasta que nos faltan.
Agradecer con la vida
Podemos empezar por algo sencillo: detenernos un momento y reconocer qué hemos recibido. Dar las gracias a alguien. Disfrutar de su compañía. Dedicar atención a eso que siempre dejamos para después.
Y compartir. Porque el regalo de estar vivos también nos permite regalar tiempo, escucha, alegría y cuidado.
Me gusta pensar que agradecer a Dios tiene mucho que ver con esto: recibir la vida con atención y hacer algo bueno con ella.
Aprovechemos el regalo. Disfrutémoslo. Cuidémoslo. Compartámoslo.
Quizá esa sea una hermosa manera de hacer sonreír a Dios.
