Profecías autocumplidas y ley de la atracción: creer no basta
Desear algo no obliga al universo a concedértelo. Pero lo que esperas de ti y de los demás puede cambiar tu manera de actuar. Ahí empieza lo interesante.

No soy muy amigo de ciertos gurús que han crecido a la sombra de la New Age. Me cuesta confiar en quien promete resolver las grandes inquietudes de la existencia con una fórmula infalible y un curso de fin de semana. Especialmente cuando la iluminación viene con tarifa prémium.
Pero una idea puede contener algo valioso aunque se venda envuelto en exageraciones. Eso es, a mi juicio, lo que sucede con la llamada ley de la atracción. Hay algo que merece la pena rescatar. Y algo que conviene mirar con bastante más cuidado.
Lo que promete «El secreto»
En 2006, Rhonda Byrne publicó «The Secret», conocido en español como «El secreto», y lo convirtió en un fenómeno editorial. Su propuesta popularizó la idea de que nuestros pensamientos atraen aquello que nos sucede: salud, dinero, relaciones, oportunidades. Así presenta sus promesas la propia editorial del libro.
Entiendo el atractivo. En medio de una vida que a menudo parece escapársenos de las manos, alguien nos dice que tenemos mucho más poder del que imaginamos. Basta con desear, visualizar y confiar. Es tentador.
Mi recelo aparece cuando la búsqueda espiritual se transforma en un negocio de promesas. Para mí, enseñar a vivir tiene una dimensión de servicio, de entrega, de don. Subordinarla a la rentabilidad abre la puerta a decirle al otro lo que quiere escuchar, aunque no sea lo que necesita comprender.
Y hay una diferencia decisiva entre reconocer que nuestros pensamientos influyen en nuestra conducta y afirmar que el universo tiene la obligación de entregarnos lo que le encargamos. La segunda afirmación no queda demostrada por la primera.
Pigmalión entra en el aula
Las profecías autocumplidas permiten entender una parte de ese asunto de una forma mucho más concreta. Una expectativa puede llevarnos a actuar de tal manera que contribuimos a producir el resultado que esperábamos. A veces, incluso cuando aquella expectativa estaba equivocada.
El ejemplo más conocido en educación es el trabajo de Robert Rosenthal y Lenore Jacobson, publicado en 1968 como «Pygmalion in the Classroom».
Los investigadores comunicaron a los profesores que determinados alumnos estaban a punto de experimentar un especial desarrollo intelectual. En realidad, esos nombres —aproximadamente un 20 % del alumnado— se habían elegido al azar. Sí se habían realizado pruebas: lo inventado era la supuesta capacidad del test para identificar a esos futuros «despegues» intelectuales.
En las mediciones posteriores, los alumnos señalados mostraron, en conjunto, mayores aumentos en las puntuaciones de inteligencia. El resultado destacaba especialmente en los primeros cursos; no se produjo de manera uniforme. Así se recoge en el artículo de Rosenthal y Jacobson.
Conviene contar también la parte menos espectacular. El estudio fue discutido y la investigación posterior dibuja un panorama más matizado: las expectativas del profesorado pueden influir, pero sus efectos suelen ser modestos y dependen del contexto. No convierten automáticamente a cualquier alumno en un genio. La revisión de Lee Jussim y Kent Harber explica tanto el fenómeno como sus límites.
La enseñanza que me interesa llevar al aula es esta: lo que creemos posible en una persona puede cambiar la manera en que la acompañamos.
Pensemos en un profesor que confía en que un alumno puede aprender. Quizá le da más tiempo para responder, le ofrece otra explicación, le propone un reto y le ayuda a corregirlo. Esa confianza adquiere manos, palabras y oportunidades. El alumno recibe algo muy distinto de una etiqueta que lo da por perdido.
Esperar algo bueno de alguien nos compromete a poner de nuestra parte para que pueda crecer.
Creer puede ayudarte a moverte
Algo parecido puede ocurrir con las expectativas que tenemos sobre nosotros mismos.
Si doy por hecho que voy a caer mal, quizá llegue a una reunión a la defensiva, responda con frialdad y apenas me interese por nadie. Si los demás se distancian, saldré convencido de que tenía razón. Mi forma de actuar habrá contribuido al resultado que temía.
También puedo abrir otro camino. Si considero posible aprender, relacionarme mejor o sacar adelante un proyecto, tendré más motivos para intentarlo, pedir ayuda y perseverar cuando aparezcan dificultades.
Aquí encuentro una utilidad en detenerse a visualizar lo que uno quiere. Imaginar una vida distinta puede ayudarnos a poner nombre a un deseo que llevábamos años dejando para después. Pero después hay que bajar a los detalles: qué puedo hacer, qué necesito aprender, con qué apoyos cuento y cuál será el primer paso.
Si quieres escribir un libro, imagina qué te gustaría compartir y con quién. Luego abre el documento. Escribe una página. Busca tiempo para la siguiente. La portada soñada puede animarte; las páginas tendrás que escribirlas tú.
Y deja espacio para rectificar. La confianza que merece la pena sabe escuchar a la realidad. Convertir un objetivo en una obsesión puede impedirnos reconocer que necesitamos cambiar de estrategia, pedir ayuda o elegir otro camino.
Tampoco todo depende de nosotros. Existen el azar, las condiciones materiales, las decisiones ajenas y las dificultades que ninguna actitud borra. Atribuir el sufrimiento de alguien a que «ha atraído lo negativo» añade culpa al dolor. Me parece una crueldad disfrazada de enseñanza espiritual.
Conviene elegir bien qué deseamos
Hay otra pregunta que me importa tanto como la de alcanzar nuestros objetivos: ¿merecen la pena?
Podemos dedicar una energía inmensa a conseguir más dinero, una casa mayor o una admiración que nunca resulta suficiente. Y terminar todavía más pendientes de aquello que supuestamente iba a hacernos libres.
Por eso propongo aplicar esta reflexión a lo verdaderamente valioso: aprender, cuidar una relación, descubrir una vocación, trabajar con sentido, ser más generosos. Confiar en nuestras posibilidades puede ponerse al servicio de una vida más humana.
Quizá ese sea el secreto que me interesa rescatar: mirar con más atención lo que podemos llegar a ser y empezar a vivir de una manera que lo haga posible.
Una expectativa empieza a cambiar la vida cuando cambia lo que hacemos con ella.
