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Leer para no entregar nuestra cabeza a la IA

La IA puede darte una respuesta brillante sin que tú hayas comprendido gran cosa. Leer con atención nos devuelve algo que ninguna herramienta debería quitarnos: el trabajo de pensar, imaginar y formar un criterio propio.

Una persona lee junto a una ventana, con un cuaderno y un portátil cerrado sobre la mesa. Imagen generada con IA.

En una buena novela puede ocurrir algo bastante inquietante: un personaje al que habías condenado empieza a resultar comprensible. No porque de pronto haga todo bien, sino porque unas páginas te obligan a entrar en circunstancias que habías pasado por alto. Tienes que recordar lo que le ocurrió, revisar tus primeras impresiones y aceptar que quizá juzgaste demasiado deprisa. La historia sigue siendo la misma; quien está haciendo un movimiento eres tú. Ese trabajo, tan poco espectacular y tan difícil de resumir, es una de las cosas que más me interesan de la lectura.

Usar la IA sin dejar de pensar

Soy un usuario intensivo de inteligencia artificial y un lector voraz. Desde esa doble experiencia tengo el convencimiento de que pocas cosas hay más útiles, sanadoras y armonizadoras que una lectura profunda, sosegada y de calidad para evitar caer bajo el influjo hechizante de la IA. No lo digo como una conclusión médica ni como una receta que funcione igual para todos. Hablo de algo que reconozco en mi relación con ambas: necesitamos ocasiones para que la mente trabaje por sí misma, sin que una herramienta se adelante continuamente a organizar lo que vamos a pensar.

El MIT también propone abrir un libro

Por eso me interesa lo que publicó MIT News el 18 de septiembre de 2026. Al cumplir diez años, el programa MIT Reads orienta su lectura compartida hacia la ficción y las memorias, buscando favorecer la reflexión, los vínculos y el reconocimiento de nuestra humanidad común ante la expansión de la IA. Para este otoño ha elegido Exhalation, la colección de relatos que Ted Chiang publicó en 2019. No es un estudio que haya demostrado que leer nos protege del deterioro cognitivo. Es una decisión educativa que me parece significativa: en una institución dedicada a construir el futuro tecnológico, también se propone leer juntos para pensar cómo ese futuro puede cambiarnos.

Una respuesta correcta no es una comprensión propia

El hechizo al que me refiero no necesita que la IA nos engañe ni nos dé una respuesta falsa. Puede empezar con algo mucho más agradable: explica bien, ordena deprisa y encuentra palabras para lo que apenas sabíamos formular. Su capacidad es enorme, y conocerla de cerca me hace tomarla muy en serio.

Precisamente ahí está la tentación. Cuando tenemos a mano una explicación convincente, cuesta más aceptar la torpeza de nuestra primera explicación. Podemos empezar pidiendo ayuda para aclarar una idea y acabar evitando el esfuerzo de formarnos una.

A eso llamo aquí delegación cognitiva: encargar a otro, en este caso a un sistema, operaciones que antes hacíamos nosotros.

No toda delegación empobrece. Consultar una referencia, traducir un pasaje o pedir que nos señalen una objeción puede permitirnos llegar más lejos. La cuestión es qué queremos conseguir en cada momento. Si solo necesito localizar una fecha, ahorrarme la búsqueda puede ser estupendo. Si intento comprender un argumento, ahorrarme todos los pasos que conducen a comprenderlo puede dejarme con una respuesta correcta y una comprensión bastante pobre.

Leer exige que estés ahí

La lectura profunda nos devuelve muchos de esos pasos. Para seguir una narración tenemos que conservar en la memoria lo anterior; para entender una decisión, relacionar motivos y consecuencias; para habitar una escena, poner a trabajar la imaginación. La intuición también interviene: sospechamos que algo importa antes de saber explicar por qué, y seguimos leyendo para comprobarlo. En un ensayo, esa actividad toma otra forma: reconstruimos razones, detectamos contradicciones, aceptamos unas premisas y discutimos otras. Son maneras concretas de participar, no propiedades mágicas del papel ni una garantía de que cualquier libro vaya a hacernos más lúcidos.

Los libros tampoco hacen magia

Porque también se puede leer huyendo del pensamiento. Podemos recorrer páginas buscando únicamente confirmación, acumular títulos como quien acumula insignias o confundir haber terminado un libro con haberlo entendido. Cuando hablo de calidad no pienso solo en una lista de autores prestigiosos, sino en textos que merezcan nuestra atención y en la disposición con la que los recibimos. Leer despacio tampoco debería convertirse en otra obligación que cumplir con ansiedad. Hay pasajes para avanzar y pasajes para detenerse. Lo importante es conservar la libertad de hacerlo, incluso cuando nadie nos promete una utilidad inmediata.

No lo resuelvas antes de intentar comprenderlo

Esa libertad incluye soportar que el texto no se adapte enseguida a nosotros. El autor puede utilizar una palabra que desconocemos, sostener una opinión que nos molesta o dejar una pregunta abierta durante muchas páginas. Podemos buscar ayuda, por supuesto, pero también podemos quedarnos un rato con esa dificultad. Una IA bien utilizada puede cuestionarnos y ayudarnos a leer mejor; no está condenada a complacernos. Sin embargo, si le pedimos sistemáticamente que simplifique, resuelva y concluya antes de haber intentado comprender, convertimos la ayuda en una forma de esquivar el encuentro con algo distinto de nosotros.

Encontrar palabras para lo que nos pasa

Y ese encuentro no es solo intelectual. Una historia puede darle forma a una tristeza que no sabíamos nombrar, permitirnos mirar una pérdida desde otro lugar o reunir emociones que llevábamos dispersas. Cuando digo que la lectura me parece sanadora y armonizadora, me refiero también a esa posibilidad de reconocer lo que nos pasa sin tener que resolverlo inmediatamente. No sustituye los cuidados que una persona pueda necesitar, ni basta con abrir un libro para que desaparezca el malestar. Pero ofrece una relación con la experiencia distinta de la prisa por clasificarla y obtener una recomendación.

Leer a solas. Pensar con otros.

El programa del MIT añade algo importante: leer con otros. Después de ese trabajo íntimo llega alguien que ha entendido de otra manera el mismo pasaje, o que se ha detenido justo donde nosotros no vimos nada especial. Ya no basta con decir que el libro nos ha gustado. Hay que explicar por qué, escuchar y volver al texto. La conversación puede obligarnos a corregir una interpretación sin convertir el desacuerdo en una amenaza. Esa práctica me parece especialmente valiosa cuando tantas respuestas nos llegan ya ordenadas y listas para ser aceptadas o rechazadas.

Primero, tu lectura. Después, la ayuda.

No hace falta organizar una vida perfecta para recuperar un poco de ese espacio. Podemos reservar un rato sin interrupciones, leer un fragmento antes de pedir su explicación y tratar de contarnos con nuestras palabras qué hemos entendido. Si después recurrimos a la IA, podemos pedirle que cuestione nuestra lectura en lugar de sustituirla desde el principio. Y podemos hablar del libro con alguien, aunque no coincidamos. El criterio no es sufrir más ni renunciar a una ayuda útil: es reconocer cuándo el esfuerzo forma parte de lo que queríamos obtener.

Una cabeza que siga siendo tuya

Me preocupa una comodidad que llegue a narcotizarnos sin que dejemos de sentirnos informados y capaces. Tener mejores respuestas a nuestro alcance no asegura que estemos ejercitando mejor el juicio con el que las recibimos. Por eso quiero seguir leyendo: para trabajar la memoria, la imaginación, el razonamiento y la intuición, pero también para dejar que otra voz me descoloque y me ayude a comprender a alguien.

No quiero renunciar a lo que la IA puede aportar. Quiero conservar una cabeza que tenga algo propio que hacer con ello y una vida interior que no dependa de que una pantalla le diga constantemente qué pensar.

Fuente

MIT News: «A new chapter for MIT Reads», Brigham Fay, 18 de septiembre de 2026.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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