Laboriosidad y tenacidad: la voluntad necesita un para qué
Apretar los dientes puede servir para un rato. Para sostener un esfuerzo, también necesitas saber qué amas y para qué lo haces. La ilusión y el sentido tienen mucho que decir sobre nuestra capacidad de perseverar.

A veces nos reprochamos que nos falte fuerza de voluntad cuando llevamos demasiado tiempo sin preguntarnos para qué estamos haciendo lo que hacemos.
Nos decimos que hay que esforzarse más, madrugar más, aguantar más. Y quizá convendría añadir una pregunta a tanta orden: ¿hacia dónde?
La laboriosidad y la tenacidad son dos virtudes que ayudan a convertir una intención en realidad. Pero necesitan una dirección. Trabajar mucho para llegar a un lugar al que no quieres ir tiene un mérito bastante discutible.
Elegir el destino y hacer la travesía
En otro artículo hablábamos de descubrir la vocación y vivir con sentido. Una meta nos permite reconocer oportunidades y decidir a qué dedicar nuestras fuerzas. Después viene una parte menos vistosa: hacer el trabajo.
La laboriosidad consiste en ponerse a ello con dedicación. La tenacidad, en sostener el compromiso cuando aparecen las dificultades. Una nos ayuda a comenzar y trabajar; la otra, a continuar cuando la novedad ya ha perdido su encanto.
Para llegar a buen puerto hace falta algo más que señalarlo en el mapa. Hay que hacer la travesía, atender al tiempo, ajustar las velas y recordar que la tripulación también necesita comer y dormir.
El alma de la voluntad
Se suele comparar la voluntad con un músculo. La imagen puede ser útil: aprender a cumplir pequeños compromisos ayuda a construir una vida menos sometida al capricho del momento.
Pero la metáfora se queda corta si todo se reduce a forzarnos. Podemos convertir nuestra relación con nosotros mismos en un cuartel: levántate, obedece, rinde, no te quejes. Una forma bastante agotadora de pasar por el mundo.
A mí me interesa lo que anima la voluntad. Lo que hace que un esfuerzo merezca la pena. La esperanza de lograr algo que deseamos, el amor por alguien, la ilusión de crear, aprender o contribuir.
Cuando encontramos ese vínculo, el trabajo puede adquirir otro significado. Seguimos cansándonos, claro. Pero entendemos mejor por qué estamos allí.
La voluntad necesita razones que podamos comprender y un bien que podamos amar.
El día en que madrugar cuesta menos
Quizá seas de los que negocian cada mañana con el despertador. Cinco minutos más, que en realidad son diez y tienen tendencia a convertirse en veinte.
Piensa ahora en algún viaje o excursión que te hiciera mucha ilusión. Puede que aquel día madrugar te costara menos. La hora era parecida; lo que te esperaba al levantarte era distinto.
No es una experiencia universal ni una demostración científica. Es una imagen cotidiana de algo que merece nuestra atención: lo que esperamos encontrar influye en nuestra disposición a ponernos en marcha.
Por eso, antes de acusarte de perezoso, vale la pena mirar qué estás intentando hacer, qué sentido tiene para ti y en qué condiciones lo afrontas. A veces necesitas organizarte mejor. Otras, descansar, pedir ayuda o revisar la dirección.
La vocación también tiene días grises
Trabajar en algo que conecta con nuestros talentos y con lo que podemos aportar a los demás puede alimentar la constancia. Sentimos que nuestro tiempo participa en algo valioso.
Ahora bien, acertar con la vocación no convierte cada tarea en una fiesta. Enseñar también implica preparar y corregir. Escribir exige revisar páginas que ayer parecían magníficas. Cuidar a alguien puede pedir paciencia cuando ya estamos cansados.
La ilusión nos ayuda a empezar; los compromisos y los hábitos pueden sostenernos cuando la emoción baja. No hace falta sentir entusiasmo a todas horas para seguir queriendo lo que hacemos.
Tampoco podemos elegir siempre nuestras circunstancias laborales. A veces el sentido de un trabajo está en sostener a quienes amamos, aprender un oficio o construir una oportunidad futura. Conviene recordar eso antes de repartir consejos sobre «seguir tu pasión» desde un sillón demasiado cómodo.
Hacer sitio a lo que nos mueve
Si quieres cultivar la laboriosidad y la tenacidad, empieza por concretar qué merece tu esfuerzo. ¿Qué quieres construir? ¿A quién puede beneficiar? ¿Por qué te importa lo suficiente como para volver mañana?
Después, ajusta el compromiso a tus capacidades y circunstancias. Reserva un tiempo posible, prepara lo necesario y elige una tarea que puedas terminar. La voluntad agradece que le despejemos un poco el camino.
Revisa también cómo vas. Si el plan no funciona, quizá necesites modificarlo. Y si para mantenerlo tienes que sacrificar de manera permanente tu salud o tus relaciones, habrá algo que replantear. La persona sigue estando en el centro, también cuando esa persona eres tú.
Desde mi manera de entender la espiritualidad, poner nuestros talentos al servicio de la vida es una forma de participar en la creación. Podemos ser manos de Dios en el mundo: cuidar, enseñar, reparar, hacer un poco mejor lo que tenemos delante.
Un esfuerzo que tenga sentido
Terencio dejó en «Heautontimorumenos» una observación que podríamos traducir así: «Nada es tan fácil que no se vuelva difícil si lo haces de mala gana».
Y Jenofonte recoge, en sus «Recuerdos de Sócrates», esta sentencia de Epicarmo: «Los dioses nos venden todos los bienes a cambio de nuestro esfuerzo».
Entre ambas ideas hay un espacio muy humano: elegir algo valioso, quererlo y dedicarle trabajo. El entusiasmo no elimina las dificultades, pero puede ayudarnos a atravesarlas con una disposición distinta.
Vale la pena preguntarse qué alimenta nuestra voluntad. Porque la vida pide esfuerzo, sí. Y también merece que sepamos al servicio de qué lo ponemos.
