Los miedos del escritor: atreverse a ser leído
Escribir expone algo más que nuestras ideas: también nuestras contradicciones, nuestra intimidad y las ganas de gustar. Estos son los miedos que pueden dejar un texto en el cajón. Y la razón por la que, aun así, merece la pena intentarlo.

No nos pongamos espléndidos.
Escritor no es sólo quien firma superventas en las casetas de la feria del libro. Escritor es quien escribe. Quien necesita escribir. Quien no puede no escribir.
Aclarado esto, podemos seguir.
El escritor, especialmente cuando se sabe leído, tiene sus miedos. No son pocos. Y algunos aprietan bastante.
Miedo a desnudarse demasiado
La escritura tiene algo de exhibicionismo del alma. Compartimos una idea y, entre líneas, se asoma una parte de nosotros: lo que deseamos, lo que nos duele, lo que todavía no hemos resuelto.
Y eso da pudor.
No todo tiene que contarse. También tenemos derecho a reservarnos una habitación interior. Pero conviene distinguir lo que elegimos guardar de lo que escondemos sólo por miedo a que alguien nos vea de verdad.
Miedo a que te saquen los colores
A veces tenemos bastante claro qué sería lo adecuado y, aun así, no siempre conseguimos hacerlo.
Sólo nosotros conocemos todas esas luchas, internas y externas, con las que intentamos acercarnos a nuestro ideal. Las victorias discretas. Las derrotas que nadie ve. Los días en los que avanzamos y los que volvemos a tropezar.
Entonces escribimos algo que creemos valioso y alguien levanta la mano:
—Pues tú no siempre haces eso.
Y tiene razón. No siempre.
Compartir lo que uno va comprendiendo no equivale a proclamarse perfecto. Podemos señalar un camino que también estamos aprendiendo a recorrer. Lo importante es decir desde dónde hablamos y aceptar que nos recuerden nuestras contradicciones sin fingir que no existen.
Si esperamos a haber resuelto toda nuestra vida antes de escribir una línea, ya podemos ir comprando un cuaderno que aguante unos cuantos siglos.
Miedo a decir algo inapropiado
No sé tú, pero yo digo y hago muchas burradas. Soy humano, soy imperfecto y procuro vivirlo sin convertirme en mi propio verdugo.
Sin embargo, al escribir mido las palabras, las expresiones, las ideas que transmito… Tanto que, a veces, al releerme pienso: este tío tan fino, tan recatado y casi pluscuamperfecto no soy yo.
Parece que haya pasado mi personalidad por una tintorería.
Cuidar el lenguaje es necesario. Pero no quisiera hacerlo a costa de borrar mi voz, mi humor, mis dudas y mis imperfecciones. Puedo revisar una frase para que se entienda mejor sin dejarla tan impoluta que ya no diga nada mío.
Miedo a las consecuencias
Las palabras tienen fuerza. Quien las ha visto actuar aprende a mirarlas con respeto.
Pueden abrir una conversación, remover una certeza, provocar un enfado o acompañar una transformación. Cuando ayudan a alguien, la emoción es enorme. Cuando hieren, también dejan huella.
Y eso, permíteme la expresión, acojona.
Escribir con honestidad incluye preguntarse por esas consecuencias. ¿Estoy contando algo que me corresponde contar? ¿Estoy siendo justo? ¿Esta dureza ayuda a comprender o sólo sirve para desahogarme?
No podremos controlar cada lectura. Sí podemos revisar lo que afirmamos, cuidar la intimidad ajena y rectificar cuando nos equivocamos.
La responsabilidad merece su sitio en la mesa. El miedo no necesita quedarse con todas las sillas.
Miedo a la desaprobación
Te mentiría si dijera que no me llena de satisfacción que alguien me cuente que he puesto en palabras algo que guardaba en su corazón y no sabía expresar.
Gusta. Mucho.
Y disgusta que te pongan a parir o te digan que lo que has escrito es una basura. No hace falta disfrazar de desapego lo que, sencillamente, duele.
El problema aparece cuando empezamos a escribir únicamente para gustar. Cuando eliminamos todo lo que podría incomodar y terminamos buscando permiso para tener voz propia.
No todas las críticas son iguales. Algunas ayudan a mejorar; otras apenas merecen que les entreguemos la tarde. Y provocar rechazo tampoco demuestra, por sí solo, que hayamos escrito algo profundo. Conviene escuchar, discernir y seguir trabajando.
Miedo a callar lo que merece ser dicho
Este es el miedo que discute con todos los anteriores.
Hay ideas y experiencias que sentimos que debemos compartir porque pueden acompañar a alguien. Y, mientras dudamos, aparece otra pregunta: ¿qué estoy dejando de ofrecer por protegerme de cualquier exposición?
Conozco esos borradores que se quedan sin publicar porque faltan los arreos para dar el paso.
No creo que todo borrador deba ver la luz. Algunos necesitan tiempo; otros, una buena revisión. Pero quisiera reconocer cuándo estoy cuidando un texto y cuándo estoy aplazando indefinidamente el momento de mostrarlo.
No necesito estar libre de miedo para escribir con libertad.
Poner nombre a estos temores me sirve, al menos, para mirarlos de frente. Para preguntarme qué me están señalando y decidir cuáles merecen escucha y cuáles están decidiendo demasiado por mí.
Tal vez el siguiente paso sea pequeño: terminar una página, compartirla con alguien de confianza, revisar lo necesario y atreverme a publicarla.
Escribir con miedo sigue siendo escribir. Ojalá aprendamos a hacerlo con más honestidad, más responsabilidad y menos necesidad de parecer perfectos.
A vivir también.
