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Espiritualidad

Relatividad y relativismo: creer sin creerse dueño de la verdad

Puedes tener convicciones profundas y admitir que no lo comprendes todo. Reconocer los límites de tu mirada deja espacio para escuchar, aprender y vivir la fe sin convertirla en una fortaleza.

Tres vasijas de cerámica de formas distintas contienen agua junto a una ventana, iluminadas por luz natural. Marca IA en la esquina inferior izquierda.

Creer en la verdad no me convierte en su propietario. A veces conviene recordarlo, sobre todo cuando hablamos de Dios.

Vivimos en un mundo en el que podemos acercarnos a tradiciones espirituales que nuestros abuelos apenas conocían. Leer sus textos, escuchar a sus maestros, compartir sus preguntas. Esa posibilidad me parece una riqueza enorme. También exige discernimiento: tener muchos caminos delante no significa saber cuál recorrer.

Para orientarnos, creo que hace falta una combinación que no siempre resulta cómoda: convicción para caminar y humildad para seguir aprendiendo.

Mi mirada no agota lo que mira

Entiendo las auténticas tradiciones religiosas como una revelación, una entrega que toma forma al ser recibida. La historia, el lenguaje y la sensibilidad de quien la acoge dejan su huella. También la persona concreta: su carácter, sus heridas, sus preguntas y su manera de estar en el mundo.

Por eso una misma enseñanza puede abrirse de maneras distintas en dos vidas. Podemos transmitir palabras, ritos y prácticas; la experiencia de vivirlos le corresponde a cada uno. Nadie puede recorrer por nosotros ese camino.

En estas líneas utilizo «relatividad» para referirme al carácter limitado y situado de nuestro conocimiento. Nuestra mirada parte de algún lugar y alcanza hasta donde alcanza. Reconocerlo me parece un ejercicio de honestidad.

El término «relativismo» es más complejo de lo que a veces damos a entender. En filosofía reúne distintas posiciones que hacen depender la verdad, la justificación o los valores de un determinado marco de referencia. No todas consisten en negar que exista verdad alguna. La Stanford Encyclopedia of Philosophy explica esa diversidad de sentidos.

Mi postura es esta: creo en una Verdad que no depende de mis preferencias y, al mismo tiempo, admito que mi comprensión de ella es parcial y puede equivocarse.

Dios, tal como lo entiendo, desborda lo que puedo pensar, decir o experimentar de Él. La teología negativa, como la desarrolla Pseudo-Dionisio, nos recuerda precisamente los límites de nuestras afirmaciones sobre lo divino.

Puedo tomar en serio lo que he comprendido y seguir abierto a lo que todavía se me escapa. La humildad intelectual empieza ahí.

Cuando la fe se convierte en fortaleza

El problema aparece cuando confundimos nuestra comprensión de la verdad con la verdad entera.

Entonces levantamos una fortaleza doctrinal y nos instalamos dentro. Nosotros tenemos todas las respuestas; los demás, todos los errores. El diálogo se vuelve innecesario, porque ya sabemos de antemano que el otro no tiene nada que enseñarnos.

Lo he vivido en mis propias carnes. Y por eso me importa tanto distinguir la firmeza de una convicción de la pretensión de ser infalible.

Una conversación en la que solo esperamos que el otro admita nuestra superioridad tiene poco de encuentro. Podemos llamarla diálogo, pero se parece bastante a un monólogo con público cautivo.

Escuchar de verdad supone aceptar que el otro podría mostrarnos algo que no habíamos visto. Podemos aprender de él, discrepar con razones y mantener nuestras convicciones. Todo eso cabe en una misma conversación.

Una tradición espiritual se conoce viviéndola

Las religiones tienen creencias, ritos y prácticas. Esas formas importan: transmiten una herencia, orientan la vida y ofrecen un lenguaje para experiencias que a veces apenas sabemos nombrar.

Pero la vida espiritual pide algo más que aprender un repertorio de afirmaciones y defenderlo con entusiasmo. Pide dejarnos transformar por aquello que decimos creer.

Desde mi perspectiva, las religiones son caminos hacia el encuentro y la unión con Dios y, a través de Él, con nosotros mismos, con el prójimo y con el resto de la existencia. Por eso me interesa preguntar qué ocurre en la vida de quien las practica: ¿crece su capacidad de amar?, ¿escucha mejor?, ¿se vuelve más responsable y más generoso?

Ese es, para mí, un criterio importante al valorar un camino espiritual.

Las diferencias entre tradiciones son reales y algunas afectan a cuestiones profundas. No hace falta borrarlas para reconocer que otra persona puede recibir, en una tradición distinta, algo que la ayuda a vivir con profundidad.

Me gusta la imagen de distintos caminos hacia una misma cumbre. Expresa mi manera de entender la búsqueda espiritual; no demuestra que todas las doctrinas sean equivalentes. Los encuentros y afinidades entre algunos místicos de distintas tradiciones me invitan a seguir explorando esa posibilidad.

Buscar tu camino exige conocerte

Elegir una senda espiritual se parece poco a recorrer un supermercado y llenar el carro con lo que apetece. Un rito de aquí, una frase de allá y, por favor, que nada me incomode demasiado.

La búsqueda pide más hondura. Conocernos, descubrir qué nos mueve, reconocer nuestra vocación y comprometernos con una práctica. También aceptar que habrá cosas que nos cueste comprender o vivir.

Un camino puede ser fecundo para otra persona y no ser el que yo necesite recorrer. Comprenderlo permite respetar su experiencia sin tener que imitarla.

Mi humanismo me conduce a una espiritualidad atenta a la inmanencia de Dios: a esa presencia divina que descubro en el interior de la persona y en el resto de la creación. Busco aprender a escucharla en la vida concreta, en los demás y en mí mismo.

La llamada espiritual, tal como la vivo, nos invita a desarrollar lo que estamos llamados a ser. Cada uno a su modo, pero siempre en relación con los otros.

La vasija y el agua

Me ayuda pensar que somos vasijas capaces de recibir el agua de la vida. Tenemos formas distintas. La gracia puede tomar nuestro contorno, llenarnos y desbordarse hacia quienes nos rodean.

Nuestra forma importa: sin ella no podríamos recibir ni transmitir lo recibido. Pero sería triste dedicar la vida a presumir de vasija y olvidarnos de dar de beber.

Cuando el ego se convierte en protagonista, hasta la espiritualidad puede acabar siendo otra manera de admirarnos. Cuando aflojamos su dominio, dejamos más espacio para escuchar, agradecer y compartir.

Ese es el sentido de lo que llamo una relatividad humanista: reconocer la forma y los límites de nuestro recipiente, cuidar lo que hemos recibido y mantenernos abiertos al misterio que nos supera.

No hace falta poseer toda la verdad para vivir con verdad. Hace falta seguir buscándola sin dejar de escuchar.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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