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Espiritualidad

Dios no cabe en una sola vidriera

Las religiones nos ofrecen formas de acercarnos al misterio. El problema empieza cuando confundimos nuestra manera de mirarlo con todo lo que hay que ver.

Luz azul, dorada y verde atraviesa tres vidrieras e ilumina el suelo de una iglesia de piedra. Marca IA en la esquina inferior izquierda.

Leo en «La ola es el mar», de Willigis Jäger, una imagen de la pluralidad religiosa que me parece tremendamente útil: las religiones son como las vidrieras de una iglesia. Cada una da forma y color a la luz que la atraviesa.

Lo decisivo es la luz. Pero cada vidriera nos la muestra de una manera distinta. Algo parecido sucede con las religiones: ofrecen símbolos, relatos y prácticas con los que acercarnos a lo que desborda nuestra comprensión. Nos permiten mirar. El problema empieza cuando confundimos el color de nuestra vidriera con la totalidad de la luz.

Y, a partir de ahí, nos empeñamos en que todas las demás están equivocadas.

El misterio no cabe en una definición

Dios no cabe en nuestro limitado entendimiento. Podemos pensar en Él, preguntarnos, buscar palabras. Pero no conocerlo como quien termina de estudiar un objeto y lo guarda, perfectamente clasificado, en un cajón. Hay también experiencia, descubrimiento, relación y unión.

La teología negativa nos invita a reconocer el límite de lo que decimos sobre Dios. Nuestras palabras pueden apuntar hacia Él; no pueden agotarlo. Una definición se convierte en un ídolo cuando dejamos de tomarla como una aproximación y empezamos a confundirla con aquello que pretende nombrar.

Dicho de una manera menos solemne: si Dios cabe entero en mi explicación, quizá no he comprendido a Dios. Quizá lo he encogido.

No se trata de renunciar a la razón ni de dar por bueno cualquier disparate con perfume espiritual. Se trata de pensar con rigor y, a la vez, con humildad. Saber que una idea puede ayudarnos a comprender algo sin convertirse por ello en la última palabra sobre todo.

Escuchar al otro también es una forma de buscar

Tal vez aquello que queda fuera de mi definición sea precisamente lo que el otro ha aprendido a mirar. Su experiencia puede poner luz donde la mía deja sombras. Y viceversa.

Eso no nos obliga a mezclar todas las tradiciones en un batido espiritual. Las diferencias existen, importan y no siempre encajan entre sí. Podemos reconocerlas sin despreciarnos. Compartir experiencias sin fingir que creemos exactamente lo mismo. Escuchar sin estar preparando ya la réplica.

La carta a los Efesios, en una exhortación a la unidad de los cristianos, habla de «Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos» (Ef 4,6).

No leo ese pasaje como una demostración de que todas las religiones digan lo mismo. Pero sí encuentro en él una invitación a desconfiar de nuestra tentación de apropiarnos de Dios. Si está sobre todos, quizá ninguno pueda encerrarlo en su pequeño territorio.

El capítulo 56 del «Tao Te Ching» vincula el saber con el silencio. Una buena advertencia para quienes sentimos la necesidad de tener siempre algo que decir. También cuando hablamos de lo Inasible.

Escuchemos. A los demás y a ese silencio que tan deprisa llenamos de ruido. Dejémonos alcanzar por la Palabra que surge del Silencio.

Pasad un buen día en compañía del Inasible.

Para seguir leyendo

Willigis Jäger, «La ola es el mar. Espiritualidad mística», Desclée De Brouwer. Muestra de la edición española.

Efesios 4,1–6, en la traducción de la Conferencia Episcopal Española.

Tao Te Ching, capítulo 56, traducción inglesa de C. Spurgeon Medhurst.

Escrito por Quim Muñoz Traver, doctor en Ciencias Humanas, Sociales y Jurídicas, escritor, profesor y conferenciante.

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