Soy católico. Y también aprendo de otras religiones
Mi camino hacia Dios tiene raíces católicas. Conocer otras tradiciones me ha ayudado a recorrerlo con más profundidad. Quiero explicar por qué pertenecer a una religión y escuchar a quienes creen de otra manera pueden ir de la mano.

Hay quien me ha dicho que en este blog no hago suficiente bandera de mi catolicismo. Otros me han reprochado justo lo contrario. También ha habido quien ha querido situarme en el laicismo, la New Age o alguna espiritualidad de tintes masónicos.
En fin: etiquetas no nos faltan. Quizá convenga explicar qué hay debajo.
Mi aproximación a la Trascendencia, al Absoluto, ha discurrido —con sus idas y venidas— por el camino del catolicismo. Esa es mi raíz. Y, al mismo tiempo, he transitado otros senderos que me han ayudado a descubrir rostros de Cristo que antes me pasaban inadvertidos.
Escuchar al otro también me ayuda a comprenderme
Hay una idea de Raimon Panikkar con la que me siento muy identificado: el encuentro con otras tradiciones puede ayudarnos a descubrir dimensiones de la nuestra que no percibíamos desde dentro.
Conocer otra manera de rezar, de meditar o de preguntarse por el sentido de la existencia nos obliga a revisar lo que dábamos por supuesto. A distinguir entre una experiencia profunda y la costumbre de repetir palabras.
A veces lo que el otro subraya es precisamente aquello a lo que yo no estaba prestando atención.
Por eso me interesa el diálogo interreligioso. También el estudio de la historia y de la experiencia religiosa. Quiero comprender mejor lo que vivo y dejarme interpelar por lo que viven otros.
Dialogar exige escuchar de verdad. Si solo espero mi turno para demostrar que tengo razón, habré organizado una competición de monólogos con decoración espiritual.
Una tradición concreta, un Misterio que la desborda
Para mí, las religiones son lenguajes con los que intentamos acercarnos a una Realidad que nos supera. Nos ofrecen palabras, símbolos, prácticas y relatos para entrar en relación con lo que no podemos encerrar en una definición.
Eso no significa que todas digan exactamente lo mismo. Hay diferencias reales, y tomarlas en serio forma parte del respeto.
Lo que sostengo es que ninguna de nuestras formulaciones agota el Misterio. Podemos encontrar verdad en una tradición sin convertir nuestro modo de expresarla en la medida de todo lo que existe.
Me interesa la unidad en la diversidad. Prefiero el encuentro entre tradiciones vivas, con su historia y su profundidad, a fabricar una gran religión universal que borre sus diferencias.
Tampoco busco una mezcla en la que todo encaje a la fuerza. Algunas piezas no encajan. Y escuchar al otro incluye reconocerlo sin dejar de tratarlo como a un hermano.
El vestíbulo y las habitaciones
C. S. Lewis propone en el prefacio de «Mero cristianismo» la imagen de un vestíbulo desde el que se accede a distintas habitaciones. Lo compartido permite entrar en la casa; las habitaciones ofrecen un lugar concreto donde vivir, alimentarse y calentarse.
Lewis habla aquí de las confesiones cristianas. Mi reflexión toma esa imagen y la lleva a una cuestión más amplia: cómo se relacionan una búsqueda espiritual compartida y la pertenencia a una tradición.
Hay algo de esa casa que me resulta especialmente sugerente. Podemos encontrarnos en el vestíbulo, conversar y reconocer lo que nos une. Después, cada uno necesita preguntarse dónde y cómo va a vivir lo que ha descubierto.
Lewis insiste además en tratar con amabilidad a quienes han elegido otra puerta y a quienes siguen esperando en el vestíbulo. Esa hospitalidad merece acompañarnos también fuera de la metáfora.
Tener una habitación propia no obliga a cerrar la casa por dentro.
La copa y el vino
Una tradición religiosa puede ofrecernos un marco para cultivar la vida espiritual: una memoria, una comunidad, prácticas que nos sostienen y palabras con las que atravesar lo que nos ocurre.
Me gusta compararla con una copa. La copa permite recibir el vino, contemplarlo y saborearlo. Su forma importa. Pero conviene recordar qué hemos venido a beber.
Mi preferencia es vivir la espiritualidad en el seno de una tradición, profundizando en ella. En mi caso, la católica. Desde ahí puedo encontrarme con otras búsquedas sin fingir que carezco de raíces ni exigir que todos tengan las mismas.
Cuando hablo de una espiritualidad que atraviesa las fronteras confesionales, pienso en esa apertura. Puede ser un punto de partida para quien busca. Y puede ser también una actitud que madura con el camino: amar la propia tradición sin imaginar que Dios cabe entero en nuestras manos.
La copa ayuda a beber. No contiene la fuente.
Dios siempre es mayor
«Deus semper maior»: Dios siempre es mayor. Es una expresión presente en la espiritualidad ignaciana, evocada también por Francisco al celebrar la fiesta de san Ignacio.
A mí me recuerda que la fe puede tener convicciones profundas y conservar la humildad de seguir aprendiendo.
Soy católico. Me importa mi tradición, me importa Cristo y me importa escuchar a quienes recorren otros caminos.
Seguimos siendo peregrinos del Absoluto. Y sería una pena estar tan ocupados defendiendo nuestra copa que nos olvidáramos de saborear el vino.
